Llega por los moáis, quedate por la relación entre dos hombres viejos y violentos, acostumbrados a hacer cosas terribles y a desconfiar prácticamente de todo el mundo, incluso de quienes tienen a su lado.
Dos sujetos que, pese a cargar con un historial moralmente indefendible, todavía conservan ciertos rasgos de humanidad que les han permitido construir un vínculo más fuerte que las órdenes, las jerarquías y las instituciones a las que han dedicado buena parte de sus vidas. ¿O es todo una mentira?
Esa dinámica es precisamente uno de los grandes motores de Caballo Salvaje Nueve, la nueva película de Martin McDonagh, un director que ya ha explorado con extraordinarios resultados las contradicciones de la masculinidad, la violencia y las relaciones entre hombres emocionalmente incapacitados para expresar lo que sienten.
Con En Brujas y The Banshees of Inisherin como los mejores ejemplos, su filmografía ha estado marcada por personajes que encuentran en la agresividad, el sarcasmo y la autodestrucción una forma de enfrentar aquello que no saben cómo resolver.
Y es que, en el cine de McDonagh, incluso las peores personas pueden conservar algún atisbo de humanidad, ya que sus contradicciones permiten reconocer que lo humano está presente incluso entre quienes han convertido la violencia en una forma de vida.

Esa tensión entre lo monstruoso y lo humano está en el centro de una historia que, esta vez, encuentra en Rapa Nui un escenario tan inesperado como significativo. De hecho, de alguna manera, los protagonistas también funcionan como una suerte de esculturas humanas.
Aquí nos encontramos con dos hombres endurecidos por el paso del tiempo, aparentemente imperturbables y emocionalmente petrificados por una vida marcada por la violencia. Sujetos que han aprendido a esconder cualquier atisbo de vulnerabilidad bajo una coraza de cinismo y brutalidad, alejándose casi por completo de sus nexos familiares, pero que todavía conservan algo bajo esa superficie de piedra.
Esa relación está en el centro de una película que perfectamente podría desarrollarse en cualquier otra parte del mundo -y que, de hecho, menciona a Venecia en más de una ocasión-, pero que al mismo tiempo parece necesitar un rincón tan remoto, cargado de significado y alejado de los centros de poder estadounidenses desde los que se impulsaron las intervenciones que contribuyeron al descalabro político de Sudamérica durante los años setenta, en el contexto de la Guerra Fría y la posterior Operación Cóndor.
Puntualmente, la historia sigue aquí a dos agentes de la CIA, interpretados por John Malkovich y Sam Rockwell, que llegan a Rapa Nui en 1973 -antes del Golpe de Estado en Chile- para pasar unas breves vacaciones cuyos verdaderos alcances no están del todo claros y, probablemente, hay algo más dando vuelta en su presencia en la isla.
En ese camino también se cruzan con dos mujeres chilenas que están de viaje en Rapa Nui y es ese encuentro el que abre espacio para que afloren una serie de conflictos, secretos y contradicciones. En ese entuerto, el personaje de Malkovich comienza a concentrar buena parte de las interrogantes, a medida que la historia entrega pequeñas pistas sobre su condición, su pasado y aquello que realmente está en juego durante su estadía en la isla.

En todo lo anterior, John Malkovich está sencillamente excepcional en un papel de enorme complejidad, tanto por las contradicciones que definen a su personaje como por una condición mental que añade nuevas capas a su comportamiento y motivaciones.
Su capacidad para pasar de la vulnerabilidad a una actitud profundamente amenazante, a veces en una misma secuencia, permite que nunca tengamos completa certeza sobre lo que ocurre en su cabeza. Por eso mismo su interpretación es, sin duda, uno de los grandes factores que elevan a toda la producción.
Por su parte, en medio de una puesta en escena que saca gran partido a los imponentes paisajes de Rapa Nui, Sam Rockwell también destaca en un rol que va mucho más allá de complementar a su compañero.
Su personaje funciona como contrapunto, confidente y, eventualmente, como el principal punto de resistencia frente a las decisiones que rodean al personaje de Malkovich y las órdenes de unos superiores dispuestos a todo para conseguir sus objetivos. La química entre ambos actores, especialmente en sus intercambios cargados de humor negro, es uno de los elementos que mejor sostiene el relato.

Sin embargo, la película no siempre consigue que todas sus piezas funcionen con la misma fuerza. La dimensión política e histórica, pese a su evidente importancia, por momentos queda relegada a un segundo plano o se incorpora mediante referencias que no terminan de integrarse orgánicamente a lo que va sucediendo.
Algo similar ocurre con el resto de personajes, los cuales no alcanzan ni el desarrollo ni la profundidad de los protagonistas. Y aunque el particular humor de McDonagh sigue funcionando, algunos cambios de tono entre la comedia negra y el drama no resultan tan fluidos como en sus mejores trabajos. Basta agregar que tanto En Brujas como Inisherin son mejores películas.
Aún así, Caballo Salvaje Nueve vuelve a demostrar la capacidad de Martin McDonagh para encontrar humanidad incluso entre personajes que han dedicado sus vidas a cometer actos profundamente inhumanos. No es una película que pretenda justificar sus decisiones ni mucho menos absolverlos de sus responsabilidades, pero encuentra en sus contradicciones una forma de explorar la culpa, la amistad y los límites de la lealtad.
Y aunque no todas sus ambiciones terminan de concretarse, la extraordinaria interpretación de Malkovich, el sólido trabajo de Rockwell y la particular sensibilidad de su director consiguen que la experiencia sea mucho más que una historia de agentes gringos perdidos en Rapa Nui. Es decir, al final, lo más interesante de estos dos hombres no es que parezcan haberse convertido en piedra, sino que todavía tienen algo que los hace resquebrajarse. Y eso es lo que los hace interesantes de seguir hasta el final.
Publicada originalmente en LaCuarta.com