El término artesanía siempre se asocia a las obras del estudio Laika. Por supuesto, esto se debe al minucioso trabajo detrás de su animación stop-motion y al propio proceso, metódico y laborioso, que permite generar movimiento mediante una técnica cuadro a cuadro. Un trabajo de relojería que involucra la intervención directa de las manos de artistas encargados de realizar pequeños movimientos en las marionetas, la utilería y las propias maquetas que dan forma a los escenarios.
De ahí que mi relación con cada una de sus obras siempre involucra una verdadera fascinación ante un trabajo artístico increíble, plagado de detalles en cada secuencia. Más aún, cuando uno se detiene conscientemente a observar esos elementos, y toma en consideración el titánico esfuerzo detrás de cada plano, solo se refuerza esa sensación de asombro que surge al experimentar cada una de sus películas.
En ese sentido, al considerar toda su filmografía, películas como Coraline y Kubo y la búsqueda del samurái representan las expresiones más logradas del trabajo de Laika en el cine, aunque el resto de sus producciones, incluyendo a ParaNorman, también mantienen un estándar altísimo dentro de la animación realizada en Estados Unidos.
Y Wildwood, su nueva obra, es sin duda la película visualmente más impresionante del reconocido estudio. Esto no solo se debe a la escala de sus gigantescas batallas, que involucran el movimiento simultáneo de cientos de elementos a la vez, sino también a una narrativa que logra articularse en torno a temas adultos, como la resistencia a dejar el pasado atrás y la incapacidad de aceptar una pérdida.

La fusión de esos elementos, entre la espectacularidad visual y la solidez de su propuesta narrativa, da forma a una obra de animación extraordinaria, que tiene argumentos de sobra para defender su lugar en lo más alto de la filmografía del estudio y consolidarse como la obra maestra que es.
Y es que, en todo lo que pone en pantalla, la película se presenta constantemente como una producción cinematográfica del más alto nivel, logrando un gran desarrollo de sus personajes, sus interacciones y sus dramas, elevando progresivamente el peso de todo lo que está en juego.
Es decir, lo que comienza como una aventura extraña para rescatar a un bebé raptado por cuervos rápidamente adquiere ribetes mucho más oscuros, dando forma a un mundo fantástico en el que se despliega un reino mágico tan atractivo como peligroso.
De ahí que uno de los grandes aciertos de Wildwood radique en la forma en que construye ese mundo fantástico, permitiendo que el espectador descubra sus particularidades al mismo tiempo que Prue, la joven protagonista que termina involucrándose en una aventura extraordinaria tras desobedecer una sencilla advertencia de sus padres: no salir de casa con su hermano pequeño.

A partir de ese momento, cada nuevo escenario, comunidad y personaje amplía las dimensiones de un universo que se siente mucho más grande de lo que inicialmente aparenta. Y aunque las influencias de obras como El señor de los anillos y Las crónicas de Narnia son evidentes, la película consigue desarrollar una identidad propia que nunca se siente como una simple repetición de ideas conocidas.
Pero lo más importante es que toda esa espectacularidad nunca termina convirtiéndose en un fin en sí mismo. Wildwood comprende que no basta con presentar escenarios maravillosos si no existe una historia capaz de sostenerlos. Y es ahí donde destaca especialmente el conflicto de la emperatriz Alexandra, interpretada en su versión original por Carey Mulligan, cuyas acciones están impulsadas por un dolor que termina transformándose en algo mucho más peligroso.
Y como sus motivaciones son comprensibles, aunque sus decisiones sean cuestionables, su propio viaje también permite construir una antagonista que escapa de la simple maldad que caracteriza a las aventuras de fantasía para toda la familia.
A ello se suma el mérito de no suavizar excesivamente los peligros de su historia por tratarse de una película de animación. En su propuesta hay violencia, decapitaciones, sacrificios y consecuencias que adquieren cada vez mayor peso a medida que el conflicto escala hasta desembocar en una guerra de grandes proporciones.
Y es precisamente en esas secuencias donde Laika alcanza un nivel técnico difícil de creer, con cientos de elementos moviéndose simultáneamente en batallas que no solo impresionan por su complejidad, sino también por la claridad con que se desarrolla la acción.

Por supuesto, también destaca el trabajo de las voces en su versión original, que consiguen transmitir las emociones que sostienen los distintos conflictos de la historia. A ello se suma una banda sonora de Dario Marianelli que acompaña con gran precisión los cambios de tono de una aventura que transita constantemente entre la maravilla, el peligro y la tragedia.
Basta agregar que todo aquí funciona en conjunto para que la película nunca pierda de vista el corazón de una historia que, pese a su escala monumental, comienza con una niña intentando recuperar a su hermano.
Por todo lo anterior, no tengo problemas en recalcar que Wildwood es una obra maestra de la animación y la película más lograda de Laika hasta la fecha. No solo porque consigue reunir la imaginación visual de Coraline con la ambición épica de Kubo y la búsqueda del samurái, sino porque también logra sostener toda su espectacularidad sobre una historia emocionalmente poderosa.
Y en una industria que cada vez busca más formas para acelerar sus procesos, mientras las redes sociales se llenan de videos de animación generados por inteligencia artificial que son carentes de alma, resulta especialmente maravilloso encontrarse con una producción que demuestra que la paciencia, la dedicación y el trabajo artesanal todavía pueden dar forma a una experiencia cinematográfica extraordina.