La duda que la mayoría tenía antes del estreno de Godzilla Minus Zero era una sola: ¿estaría a la altura de la película original? Al menos, esa fue la pregunta recurrente que surgió en mi círculo cuando conté que ya había visto la secuela. Casi todos también querían saber algo todavía más concreto: ¿es mejor que la primera?
Por eso mismo, comenzar en el terreno de las comparaciones resulta inevitable, especialmente cuando hablamos de una continuación que carga con el peso de suceder a una película tan excepcional como Godzilla Minus One.
Y es que aquella fue una producción que no solo revitalizó cinematográficamente al rey de los monstruos a nivel mundial, sino que también demostró que todavía era posible abordar su historia desde una perspectiva capaz de combinar el espectáculo más descomunal con un relato humano de gran fuerza emocional.
De ahí que, a la salida del cine, de inmediato tuve una sola idea rondando en la cabeza: Godzilla Minus Zero no es mejor película que Godzilla Minus One, pero, y este es un gran pero, igualmente es el más grande espectáculo de kaijus que he visto en pantalla grande. No solo por el desenfreno destructivo, sino que también por el propio desarrollo de algo de mayor escala.

Uno de los grandes temas en la recepción de la primera película inevitablemente fueron sus efectos especiales, que lograron ganar el premio Oscar por sobre producciones estadounidenses de presupuestos estrafalarios.
En un trabajo de artesanía excepcional a cargo de Takashi Yamazaki, en su doble función de director y supervisor de efectos visuales, Godzilla Minus One no solo lucía como una superproducción, pese a contar con un presupuesto cercano a los 10 millones de dólares, sino que cada secuencia de espectáculo estaba concebida para rendir tributo a nuestro querido lagarto gigante destructor de mundos.
Pues bien, Godzilla Minus Zero obviamente cuenta con más recursos gracias al éxito económico de su antecesora, pero al mismo tiempo luce como una película que utiliza sus efectos de una forma todavía más ambiciosa.
Y no se trata simplemente de aumentar la escala de la destrucción o multiplicar los elementos que aparecen en pantalla, sino de aprovechar esas posibilidades para construir secuencias que llevan el espectáculo kaiju a terrenos verdaderamente impresionantes gracias a la manera en que Yamazaki decide presentar la magnitud y las consecuencias de los ataques.
Pero Godzilla Minus Zero no solo es una película que no decepciona en términos visuales, sino que también logra complementar y expandir los temas presentes en su antecesora, explorando nuevas vertientes sin abandonar las preocupaciones que históricamente han definido a esta franquicia.
Ahí siguen presentes el terror nuclear, las heridas de la posguerra y las consecuencias de una destrucción que trasciende lo material, pero también la valentía de personas comunes capaces de enfrentar desafíos descomunales y la importancia de los vínculos humanos que se forjan en medio de la adversidad.

En ese sentido, Godzilla Minus Zero es todo lo que se espera de una secuela: más grande, más ambiciosa y más espectacular, pero también una película que justifica su realización al no conformarse con repetir los grandes éxitos de su antecesora, recorrer los mismos caminos de forma segura ni girar sobre sí misma para besar su propio trasero ante el éxito conseguido previamente.
Su propuesta tiene una ambición que se agradece, porque no se limita a entregar más de lo mismo, sino que busca ampliar las posibilidades de este universo y sorprender con situaciones que no necesariamente responden a lo que uno podría anticipar después de la primera entrega. Y eso, tratándose de una franquicia con tantas décadas de historia, no es un mérito menor.
En términos de historia, basta agregar que, ambientada dos años después de los acontecimientos de la película anterior, esta secuela presenta cómo una amenaza vuelve a cernirse sobre Japón, provocando que la familia Shikishima deba enfrentar otra calamidad.
Todo esto mientras sus integrantes todavía arrastran las consecuencias del primer ataque de Godzilla, especialmente en lo que concierne a Noriko, y diversas fuerzas comienzan a intervenir en un escenario marcado por los intereses que despierta la maquinaria de guerra.
En esa ruta aparecen nuevos personajes, incluyendo a un misterioso científico de pasado trágico que investiga aspectos clave sobre Godzilla y una meteoróloga que se incorpora al equipo de defensa con su propia teoría sobre los ataques kaiju. También se agrega una presencia un poco mayor de las fuerzas estadounidenses. Sin embargo, algunas de estas incorporaciones terminan quedando apenas esbozadas, sin alcanzar un desarrollo que esté a la altura de su potencial dentro del relato.

Pero siendo esta una película de Godzilla, para nadie será una sorpresa que, en medio de todo lo anterior, la amenaza de los kaijus adquiere nuevas dimensiones mientras persiste el temor nuclear de un país marcado por las explosiones nucleares y el desastre provocado por el propio monstruo.
Lo bueno es que esta secuela no se queda únicamente en ese terreno y también consigue explorar nuevas aristas sobre la venganza, establecer paralelos con los intereses de la maquinaria militar-industrial y profundizar tanto en los vínculos familiares como en la propia mitología kaiju. En esos elementos se encuentra buena parte de lo mejor que ofrece Godzilla Minus Zero más allá de sus impresionantes efectos especiales.
Todo eso permite construir una película que no defrauda como secuela y, al mismo tiempo, entrega un sustento suficientemente sólido para aquello que inevitablemente esperamos de una producción de estas características: un espectáculo cinematográfico de primer nivel.
De hecho, hay varias secuencias que me encantaría desgranar en detalle, especialmente en lo que concierne a un ataque muy, pero muy novedoso, pero sería una lástima arruinar la sorpresa que ya está saliendo en tráilers. Así que prefiero limitarme a señalar que Godzilla Minus Zero cumple con todo lo que uno espera de una película del rey de los monstruos y, en varios momentos, consigue ir incluso más allá. Todo ello pese a que algunos de sus elementos narrativos no alcanzan el mismo nivel de cohesión que caracterizaba a la primera entrega.
Claro que por ahí está la principal diferencia entre ambas películas. Mientras Godzilla Minus One conseguía que el drama humano y la amenaza monstruosa avanzaran con una precisión casi perfecta, su secuela apuesta por una propuesta más expansiva, en la que esa misma ambición ocasionalmente provoca que algunas piezas no encajen con la misma naturalidad.
Lo importante es que esa diferencia no implica que estemos ante una secuela que haya perdido el norte o se aleje de aquello que hizo tan especial a la anterior. Por el contrario, Yamazaki entiende que Godzilla funciona mejor cuando la destrucción tiene consecuencias, cuando las personas importan y cuando el monstruo representa algo más que una criatura gigantesca arrasando con todo a su paso.
Por eso, al volver a la pregunta que inevitablemente acompañará a esta película, mi respuesta sigue siendo la misma: no, Godzilla Minus Zero no supera a Godzilla Minus One. Pero tampoco necesita hacerlo.
Si algo demuestra esta secuela es que el verdadero mérito de una continuación no está en repetir la fórmula que funcionó, sino en encontrar nuevas razones para que queramos volver a un terreno conocido. Y entre su descomunal espectáculo, sus nuevas ideas y la capacidad de mantener intacta la esencia del rey de los monstruos, Yamazaki consigue demostrar que todavía hay mucho espacio para maravillarnos ante el rey de los monstruos.
Publicada originalmente en LaCuarta.com