Fue un tema que hasta el día de hoy sigue generando ruido en redes sociales. Una dupla de influencers, responsables de un podcast, hecho para lucrar más que para conversar, terminó desatando una verdadera jihad ñoña.
Todo comenzó con sus burlas y comentarios despectivos hacia Pokémon, disparando contra los “tipos de 40 años cazando ‘pokemones’”, la decoración inspirada en la popular franquicia y la afición de coleccionar cartas. Todo mientras aseguraban, textualmente, que esas cosas les secaban la chonfla.
“A mí eso de cazar ‘pokemones’ o juntar cartas Pokémon, a mí se me seca todo”, dijo una de ellas hace alrededor de una semana. “Hay un minuto en que tienes que crecer. Es como si yo siguiera jugando con las barbies, maduremos, es que hay momentos en que no da”, replicó la otra.
Como era de esperar, aquello provocó que se elevaran los puños al cielo, se derramaran miles de lágrimas digitales y una multitud saliera con antorchas a defender su afición. Y desde entonces continúa el troleo contra las viles cuicas que osaron meterse con la sagrada franquicia de Nintendo.
Pero, y esta es mi posición, toda esa indignación me pareció una exageración. Más aún, lo único que consiguió fue instalar una pregunta en mi cabeza: ¿tan frágiles son sus gustos que necesitan salir a defenderlos cada vez que alguien se burla de ellos?
No sé ustedes, pero si alguien llega y me dice que Tiburón es mala, a lo mucho le respondo en la onda de este meme:

Porque, al final, toda esta jihad ñoña no es más que otra expresión de las reacciones que se han vuelto habituales en redes sociales, donde basta una provocación para desatar una indignación colectiva que termina amplificando aquello que supuestamente se quiere combatir.
Y si esto fue un caso de ragebait, es decir, contenido diseñado para provocar rabia y generar interacciones, entonces la jugada les resultó. Porque darle tanta exposición a una opinión irrelevante solo consigue que siga circulando mucho más de lo que merece. Más aún, permite que las influencers tengan nuevas oportunidades para hacer lo que más les importa: pasar por caja.
No hay nada interesante en lo que se dijo en ese podcast. Pero tampoco hay nada especialmente valioso en la reacción de quienes se sintieron personalmente atacados porque alguien se burló de sus pasatiempos.
Hace años, cuando los videojuegos y los cómics todavía eran mirados en menos por buena parte de la sociedad, nadie necesitaba organizar una cruzada digital cada vez que alguien los calificaba de infantiles. Seguías jugando Marito o leyendo La broma asesina sin problemas. De hecho, comunidades enteras históricamente disfrutaron de sus aficiones sin prestarles demasiada atención al desprecio del entorno. Y Dios bendiga a los Trekkies por ello.
Y es que ninguna afición necesita la aprobación de terceros para tener valor. Mucho menos cuando las críticas vienen de personas cuya opinión no debería importarles en lo más mínimo.
Por eso, en lugar de seguir alimentando polémicas absurdas, quizás sería mejor dedicar ese tiempo a lo que realmente importa: jugar, leer, coleccionar o hacer cualquier otra cosa que les guste, sin preocuparse por lo que opinen los demás.
Es decir, los gustos no se defienden, se disfrutan. O a veces se lloran, como en el caso de los equipos de fútbol.
Así que disfruten sus aficiones sin darle tanto color, porque la opinión de un par de personas random a las que se les seca la concha no debería tener el poder de arruinarle la diversión a nadie.