Cuando comenzó a generarse el ruido tras el estreno de Tiger King en Netflix, algo familiar resonaba en mi cabeza. No pasó mucho tiempo antes de que recordase que conocía a la perfección la historia de las extrañas personas que tienen grandes felinos como mascotas en Estados Unidos y que además profitan de los animales. Por supuesto, también de la trama criminal que los involucra.

A mediados del año pasado, y mucho antes del estreno de la nueva serie documental que se ha transformado en todo un hit, leí un reportaje de The Daily Beast, titulado “Joe Exotic construyó un reino de animales salvajes. Era el depredador más peligroso de todos“. Era tan extraño como imperdible de revisar.

La historia de Joe Exotic, por tanto, me era familiar, con cada uno de los sorprendentes giros de sus acciones y relaciones. Creía que nada me sorprendería.

Pero aunque sabía perfectamente a lo que iba, no estaba preparado para ver en acción a una de las historias más bajas, excrementales y codiciosas que han sido documentadas en los últimos años.

La gracia, y por lo que no te puedes despegar durante sus siete episodios, radica en el hecho de que su relato está construido de forma tan magistral, que minuto a minuto te vas sorprendiendo con las revelaciones, especialmente aquellas que tienen relación con el carácter de los protagonistas y la gente que rodea sus negocios.

Tiger King es, después de todo, como una hamburguesa de documental. Será comida rápida y todo, pero es completamente sabrosa y digerible.

Muchas cosas de su relato para mi no fueron una sorpresa. Lo que pasa con la rivalidad entre el dueño de un zoológico relleno de más de cien tigres, el Joe Exotic en cuestión, y la dueña de un santuario de grandes gatos, Carole Baskin, que también recibe réditos económicos y está ligada a un misterio sin revolver de su vida familiar. También conocía el giro del accidente de Travis Maldonado, uno de los esposos de Joe Exotic, y la trama criminal que causa el desplome del imperio del autodenominado Rey Tigre.

Pero no estaba preparado para ver en formato audiovisual a lo chocante de las personalidades. Claro, una cosa es leer y crearse una imagen mental de una situación nauseabunda, pero otra cosa completamente distinta es verlo en pantalla y sentir el hedor que emana de los protagonistas que están presentes en cada secuencia del documental.

Por ejemplo, en sus primeros minutos, cuando conocemos a la selección de peculiares y nefastos personajes adicionales ligados a la exhibición felina, puedes llegar a creer que alguno de ello está más centrado que el resto o que inclusive puede lucir cuerdo. Pero luego te llega el tortazo y comienzan a proliferar los desequilibrios, excentricidades y, más temprano que tarde, los ribetes criminales del tráfico de animales.

En base a eso último está quizás la pata que cojea de Tiger King. El documental se centra tanto en las excentricidades, que toda su investigación se nutre del material inédito y lo extraño de su entorno, sacando a relucir el peor lado del concepto “white trash”, para establecer un diálogo en donde lo único que los une a todos no es el amor por los tigres, leones y panteras, sino que por la platita. Inclusive a la “Madre Teresa” que busca el enfoque perfecto mientras tiene encerrado a un león en una jaula minúscula en su recinto supuestamente de lujo.

Casi ausente, y solo con pinceladas, el documental aborda el tráfico ilegal inherente de un negocio como este y las redes ilegales que se establecen entre los diversos zoológicos y los ciudadanos interesados en tener mascotas felinas gigantes. Claro, de primera fuente accedemos al negocio de criar pequeños y tiernos tigres, pero solo queda esbozado las redes oscuras que hay detrás de un negocio sin legislación, ya que los parlamentarios estadounidenses no aprobaron una ley clave para la prohibición.

Quizás por eso el punto más valioso radica en cando finalmente se saca el velo y comienzan a surgir los reportes sobre la crueldad animal y las acciones que llevan a cabo cada uno de los implicados para mantener sus santuarios de la naturaleza codiciosa.

Es ahí en donde Tiger King logra completamente su objetivo, abordando una historia surrealista que hace un oscuro retrato de Estados Unidos como sociedad, pero también del caso particular de los ególatras encerrados en una disputa excremental para dominar el mercado de estos animales exóticos.

Al final, y he ahí la conclusión a la que sabiamente llega este trabajo, todo es plata. El amor por los tigres es solo la fachada.

Publicado en Mouse