Los creadores de Stranger Things actúan como pingüinos. Pero en vez de adentrarse en alta mar, su misión es lanzarse en picada hacia los rincones de mayor nicho en la cultura popular. Una vez que dan con algo que les sirva, lo capturan en una apropiación cultural pop que es utilizada posteriormente para alimentar a sus espectadores, regurgitando referencias, una tras otra.

El problema aquí es que el bolo alimenticio que queda de resultado carece de nutrientes originales, o una remezcla que entregue un nuevo sentido a lo que se ve, ya que está compuesta por guiños, conceptos y canciones que solo se quedan en la evocación de la década de los ochentas. Dicha nostalgia vacía no estaba desatada en sus primeras incursiones.

En la primera temporada, cortesía de su virginidad creativa, esta situación era manejada de buena forma. La segunda, ya con todo el éxito en la mochila y los recursos de su servicio de streaming en completa disposición, llevaron el asunto al siguiente nivel. Pero la tercera temporada, estrenada el pasado 4 de julio por Netflix, se excede completamente y las referencias son lanzadas como un tortazo en la cara. Si algo les llega a la boca y les deja algo, buena suerte. Ese es su principal problema.

De partida hay que remarcar que la regurgitación no es algo malo, pero si es peligrosa de utilizar en las manos equivocadas. En una producción audiovisual puede resultar excepcionalmente en una parodia, y nada nunca superará a “Y, ¿dónde está el piloto?“, pero puede caer en excesos sin freno ni peso. En el caso de Stranger Things 3, su más grande falla es que en su repertorio no existen ideas originales.

Todo se puede reflejar en una escena que se concreta en sus primeros 10 minutos, en donde el grupo de niños se cuelan en el cine para asistir a una función de “El Día de los Muertos Vivientes” de George A. Romero, una película que se estrenó el 19 de julio de 1985, varias semanas después de los sucesos que presenta esta nueva temporada, situada justo antes de la celebración del 4 de julio.

Aunque justifican esa falla con un cartel que avisa que se trata de una función previa especial, ese simple detalle define cómo esta serie funciona con una falsa nostalgia de realidad alternativa. El Día de los Muertos Vivientes debutó en el duodécimo lugar de recaudación durante su estreno, se presentó en muy pocas salas y solo después de su aparición en VHS se volvió en una producción de culto más vista. Claro que eso aquí no importa mucho, ya que la inclusión de ese detalle solo está para instalar una premonición de lo que vendrá posteriormente, cuando habitantes de Hawkins sean controlados literalmente como muertos vivientes.

Ese es solo un guiño, el primero de la marejada de referencias posterior que está eclipsada por la forma en que estos nuevos episodios utilizan ideas ya vistas hasta el cansancio y que ya fueron copiadas en el cine B durante la verdadera década de los ochentas. La mayor de todas es La Invasión de los Ladrones de Cuerpos, que habría sido un mejor guiño que la película de Romero, pero eso habría dejado demasiado sobre el tapete el robo descarado. Pero también está La Cosa de John Carpenter, especialmente en cómo actúa el monstruo, claro que sin el terror social sobre quién podría ser infectado. Básicamente, todo esto es resumido con George Harrison en Los Simpson: “¡Eso ya se ha visto!“.

Claro que la evocación ochentera también se hace de forma burda con un clon soviético de Arnold Schwarzenegger que entrega un propio e imparable Terminator a estos nuevos capítulos y sumen la adoración por Phoebe Cates en Fast Times at Ridgemont High o relaciones tipo The Breakfast Club. Eso no se queda ahí: Red Dawn, Christine, Fletch y un tortazo completo con un burdo y ridículo homenaje a La Historia Sin Fin.

Más allá de ese tipo de abuso de contenido, no faltará el que sostenga que Stranger Things 3 es inclusive mejor que la temporada anterior solo por los factores superficiales de la historia central. No obstante, el tratamiento de personajes es mucho peor, cortesía de que existen tantos focos protagónicos, que la historia avanza a tropezones.

A grandes rasgos, son cuatro grupo de personajes y solo uno le da realmente vida a la serie: Dustin, Steve Harrington, Robin y la pequeña Erica. Todo el resto, enfocado en una parte del misterio de la temporada, entrega un relato fragmentado que no funciona ni siquiera una vez que todos confluyen ante la inminente confrontación contra el Desuellamentes y el elemento de invasión soviética. Pero claro, si al final hay lágrimas, importa poco lo pésimamente abordado de la sub-trama de los adultos, el cuestionable enfoque de Hopper o que Winona Ryder esté peor que nunca en esta temporada..

Lo peor que le pudo pasar a Stranger Things es volverse tan popular, que básicamente se instaló como la serie estrella de Netflix. En la nueva temporada queda en evidencia cómo la producción tiene todo el dinero para presentar notables efectos visuales, grandes locaciones y escenarios que convierten a esta producción en una serie hecha con una factura de primer nivel. Es bonita de ver y eso la justifica.

Pero si la serie se ve más bonita que nunca, explora más territorios que en el pasado y saca el jugo a los billetes para comprar derechos a destajo para inclusive agregar secuencias de Volver al Futuro y canciones de Madonna, no hay sustancia. Stranger Things 3 no dice nada que no se haya dicho previamente con sus personajes, a algunos inclusive los llega a arruinar, y esta temporada queda reducida en el cliché del cliché. Ese es su mayor crimen que nunca pagará, porque la serie está blindada desde su concepción: no oculta que su apuesta es alimentar crías de pingüinos.

Reseña publicada en Mouse