Tomando como guía e inspiración el reinicio que se concretó en los videojuegos, Warner Bros decidió emprender un borrón y cuenta nueva de la saga Tomb Raider en el cine, con la esperanza de que, al igual que sucedió con las anteriores entregas protagonizadas por Angelina Jolie, el resultado final evadiese de alguna forma la maldición de este tipo de adaptación.

Es decir, que no fuese un completo desastre como Mario Bros., algo insípido como el reciente Assassins Creed o algo sin alma, como sucedió con las últimas secuelas de Resident Evil.

Obviamente ese no es precisamente el objetivo más potente del mundo, por lo que no hay que explicar en profundidad que esto solo intenta ser una aventura de acción que pone a su protagonista en peligros improbables que solo ella puede sortear.

Pero tal como pasó con las anteriores regulares entregas, el resultado de esta nueva adaptación de las aventuras de Lara Croft es poco memorable, sin momentos que se queden en la retina o misterios que valgan la pena. Al igual como pasaba con las otras películas, sus puntos rescatables tienen más relación con ver el despliegue de su protagonista, que con los alcances que propone esta aventura.

De hecho, presenciar esta película es instalarse como espectador privilegiado sobre el cómo una superproducción se hace zancadillas a si misma con secuencias de efectos digitales que son tan poco creíbles que sacan completamente de la película. Tampoco es menor es el hecho de que esta Tomb Raider versión 2018 cuente con una premisa de resolución previsible que nunca saca partido al potencial del gran misterio que venden.

Pese a esos dos puntos que no son menores, al menos esta nueva película se siente como una producción de Tomb Raider, en donde sus realizadores entienden algunos elementos clave de ese franquicia y su nueva Lara Croft, que sigue el canon actual de los videojuegos que están alejados de su voluptuosa versión del pasado, tiene un desempeño que provoca que esto sea más eficiente que lo que habitualmente nos topamos con las adaptaciones desde el mundo de los joystiqs.

Dirigida por Roar Uthaug, quien previamente llamó la atención con su apuesta de catástrofes conocida como The Wave, esta nueva versión es una propuesta de orígenes que nos intenta explicar desde dónde viene esta Lara Croft interpretada nuevamente por una actriz ganadora del Oscar (Alicia Vikander).

También apunta a responder cuáles son sus trancas por la ausencia de su padre y cómo en ese legado existe una conspiración que involucra un artefacto arqueológico que no debe caer en malas manos.Es decir, inevitablemente uno se encuentra con un el molde más que conocido.

Claro que para intentar tener una personalidad propia, la película se enfoca en el drama personal de una Lara que no sabe qué hacer con su vida y que le hace la cruz a la herencia que le dejó su padre, ya que aceptarla significaría firmar un documento que legalmente daría por muerto a su desaparecido progenitor.

En el medio de la historia hay una travesía a una isla inaccesible, un misterio sobre una tumba de una reina japonesa que la leyenda cuenta que podía matar a las personas con solo tocarlas y una batalla contra una misteriosa corporación de fines oscuros que por largos años ha buscado hacerse del sarcófago.

Con esa base de historia, entenderán que en el camino hay un par de sorpresas que intentan conectar todo, pero aún así lo que más termina primando son las secuencias de acción. En ese camino, hay una secuencia que ejemplifica cómo a veces no es bueno meter el acelerador hasta el fondo con los efectos digitales, especialmente si no se cuenta ni con estilo ni la intención que solo algunos logran manejar.

En un punto de su travesía, Lara logra escapar de sus captores, cayendo por un acantilado hasta un río. Inevitablemente ve su vida en peligro en las proximidades de una catarata, pero justo en el medio se topa con un avión al borde de la destrucción.  En ese escape, la película logra generar una secuencia bastante atractiva, en donde Alicia Vikander deja notar toda su preparación física para el rol.

Pero aunque la escena tiene buenos momentos de tensión, inevitablemente vemos a Lara desplazándose por las alas del avión que comienza a destruirse. Como eso no es suficiente, los realizadores dan pie a una extensión que involucra caídas libres de CGI, paracaídas y situaciones en donde la propia Lara Croft dice un diálogo en donde reconoce que todo lo que le está pasando es excesivo.

De todas formas, nada de eso se compara con el desenlace de la historia, que involucra una secuencia de CGI tan descabellada, que corta cualquier espacio de credibilidad. En mi provocó la necesidad de pensar en un imaginario control remoto que me permitiese apagar la proyección en el cine, ya que nada más puede importar tras ser sacado de la película de una forma tan irrealmente pirotécnica.

Tomb Raider no es una mala película, en el sentido de lo que siempre nos topamos en estas superproducciones basadas en videojuegos, pero carece de una dirección que realmente venda los peligros que enfrenta su protagonista o que nos comprometa emocionalmente con su historia. Y esa es una falta grave, ya que una película sobre un aventurera debería hacer que realmente nos importara.

Por el otro lado, que luzca como debe lucir una película de Tomb Raider es al menos algo que salva la plata, considerando que estas adaptaciones a veces ni logran ese elemento que debería ser lo mínimo. Y claro, para algunos bastará con eso, pero una película no debe quedarse como un mero remedo de cinemáticas de videojuego.

Publicado en Mouse

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