En los últimos años, la nostalgia se ha instalado como un combustible importante de un montón de películas y series de televisión. Generalmente, esos impulsos se quedan en la superficie, dando pie a una explotación que solo busca pegarse como lapa a obras emblemáticas para elevar sus bonos propios. Llámenle el factor Stranger Things.

Pero, en otros casos, esa nostalgia también ha dado pie a una explotación genérica, como los Funko Pop, aquellas figuras que se han convertido en grito y plata por comercializar con diseños seriados a cuanta marca popular existe. Y lo hace saciando un hambre de validación que busca sacar frutos de la idea de que ya es moda todo aquello que puede ser considerado como nerd. Que es parte del nicho del fandom, la fanaticada de la cultura pop.

En ese escenario, la adaptación de Ready Player One, una novela ideada como un gran cúmulo de referencias a los ochentas, situada en un mundo virtual plagado de elementos pop, dio pie a un prejuicio no menor durante su promoción. A grandes rasgos, no pocos esperaban que el resultado final fuese una mera explotación superficial o, en el peor de los casos, algo vacío. Pero Steven Spielberg nuevamente deja en claro por qué no hay que dudar de él.

La versión cinematográfica funciona como una carta de amor hacia el concepto del fandom, y el valor que existe en su perduración en base a la conexión que hacen con su audiencia, pero también la película se instala como una crítica hacia los aspectos más vacíos del culto a las franquicias o cómo existe un riesgo de perder el individualismo ante las nuevas tecnologías que nos conectan más de la cuenta.

Estableciendo su historia, la adaptación de la obra de Ernest Cline presenta cómo un genio y su mejor amigo gestaron un videojuego de realidad virtual innovador, llamado OASIS, que, tal como la imaginación, no tiene límites. Pero la muerte de su creador, James Halliday, da paso a una verdadera carrera que involucra a todo el mundo y que tiene como objetivo final dar con un huevo dorado que permite adueñarse del juego y la fortuna que acarrea.

Dicha búsqueda tiene un sustento que es clave para el futuro. OASIS es un videojuego tan relevante, que la vida real es definida por la adicción que genera este mundo virtual. La economía se impulsa por el escape que representa esta realidad virtual ya que, tal como explica el protagonista de esta historia, la gente dejó de intentar solucionar los problemas y simplemente vive conectada, 24/7, sin ninguna clase de propósito.

Esa Tierra representa una crítica al sistema, pero también da pie para que entre las sombras otra compañía busque adueñarse del OASIS. Por un lado, su plan es hacerse del videojuego para explotar económicamente aún más a  esta sociedad que permite la existencia de granjas tipo campo de concentración, donde los humanos pagan sus deudas monetarias jugando en el mundo virtual. Llenar cada pantalla de pop-ups de publicidad es solo el paso lógico para ellos. Pero también esta compañía, llamada Innovative Online Industries (IOI), es comandada por un empaquetado directivo sin visión ni corazón – llamado Nolan Sorrento – que detesta todo lo que representa Halliday.

En ese esquema entra a jugar Wade Watts, interpretado por Tye Sheridan, un adolescente con nombre de superhéroe que vive en el lugar más pobre de su ciudad, pero que conoce al revés y al derecho no solo lo que fue Halliday, sino que también maneja todos las obras de cultura pop que marcaron a la vida del genio. Eso lo transforma en el candidato ideal para reiniciar la búsqueda de las llaves que permanecen ocultas por varios años, claro que en el camino, gracias a otra gamer llamada Art3mis (Olivia Cooke), este tipo que se niega a ser parte de un clan termina dándose cuenta que hay mucho más en juego que solo el billonario premio. Los sucios planes de IOI ponen en riesgo al mundo real, algo de lo que todos parecen demasiado desconectados.

Ready Player One se transforma en una gran aventura, que tiene algo del esquema de las clásicas películas de búsqueda de MacGuffins, pero que es más que una mera presentación continúa de una abrumadora cantidad de personajes de la cultura pop, ya que en el mundo de OASIS los jugadores pueden tener el avatar que quieran.

De hecho, a mitad de metraje existe una gran secuencia, probablemente la mejor de toda la película, que abraza la idea de recrear un clásico y que saca aplausos por el cariño, dedicación y el vuelco que le dan para expandir lo que es el OASIS y lo que implica toda su historia. Ahí dan cuenta que el creador de este mundo virtual no tenía todo lo que quería, pese a ser el dueño del bien más preciado del mundo.

El manejo de Steven Spielberg también establece notablemente a las creaciones digitales que están al centro de la historia, pero también logra crear grandes paralelos cada vez que vemos a los humanos de carne y hueso que están detrás de los avatars. Eso es lo que le da corazón a una historia que, de otro modo, habría sido fríamente inhumana. Asimismo, su manejo de la cámara es tan superior, que uno solo tiene espacio para apreciar boquiabierto cómo despliega todo su talento para crear persecuciones automovilísticas impresionantes, mezclando entre otros al Delorean, la moto de Akira, el T-Rex de Jurassic Park y King Kong.

En el camino, hay usos brillantes de algunos elementos de la cultura pop, especialmente en lo que compete a clásicos del cine de terror, pero no desaprovechan tampoco el uso de conceptos de videojuegos en la propia historia y eso es un punto que juega muy a favor de Ready Player One. Pero aunque maneja cabalmente cada uno de los elementos a los que decide darle el foco, también hace que el factor humano prime por sobre el mundo digital que despliegan en pantalla.

A la larga, un live-action de Ready Player One solo era posible con Spielberg involucrado. No porque su apellido le permitiese acceder a bibliotecas de marcas para llenar la pantalla con los personajes que pululan el mundo de OASIS, sino porque este concepto y la adaptación de esta novela, que tiene tantos cultores como detractores por su calidad literaria, requería de que alguien le diese un corazón.

Mi primer acercamiento con Ready Player One se basó, de hecho, en la necesidad de abstraerme de lo mucho que disfruté la película. Como sentía que estaba hecha para mi, pensé que eso podía implicar que estaban tocando las teclas justas para remecerme, como si todo estuviese programado para ello, nublando la vista sobre lo que realmente esto era. Pero no, dándole vueltas es inevitable llegar a la conclusión de que aquí no hay un uso malicioso o un intento de evocar algo que nunca fue.

El resultado final es tan sincero, que entiendo cabalmente a mi amigo Oscar Salas, quien tras la función clamaba – convertido al spielberismo – que esta era una película buena, buena de bondad. Y es que su director logra darle un corazón a todo este mundo digital de OASIS, haciendo que sus referencias no sean un artilugio superficial, sino que estén incorporadas a lo que esta película dice sobre lo ñoño y cómo es posible perder el norte para quedarse solo con un caparazón regurgitado.

Ready Player One es una fiesta del fandom y eso es lo que termina validando a esta producción. Ahí estarán los fans de los Gremlins creyendo que sus referencias son las más importantes de todas o aquellos que terminarán con una sonrisa de oreja a oreja por el cariño de Spielberg a sus pares que brillaron en los ochentas, ya que esta película no es para nada autoreferente sobre la filmografía del director de Indiana Jones, Tiburón y ET. Aquí hay un momento para que todos sonrían y nadie se quede fuera de la fiesta. Bueno, salvo los Nolan Sorrento del mundo.

En definitiva, Ready Player One es una película con luz, como aquella que nunca estará en los ojos de los Funko Pop.

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