Que no decepcione. Menos sea un fiasco. Esas son ideas recurrentes a la hora de enfrentarse a cada adaptación cinematográfica basada en un videojuego. Esa es una postura que se ha instalado, a grades rasgos, porque en el cerebro está marcado un gran prejuicio: este tipo de películas siempre han sido malas.

Si en un extremo están el bodrio de Super Mario Bros. o las obras del nefasto director Uwe Boll, en el otro lado no hay mucho que destacar. Ahí está Silent Hill. Quizás, siendo generoso, aquella obra basada en el sangriento Mortal Kombat. Pero lo claro es que aún esperamos que una película de videojuegos realmente valga la pena.

En ese escenario llega a los cines Assassin’s Creed, la adaptación basada en la popular saga creada por Ubisoft y que proponía en el papel, tal como la reciente versión de Warcraft, un espectáculo de primer nivel con todos los recursos de Hollywood a su disposición.

Pero ni tener a una estrella como Michael Fassbender en el rol protagónico, ni un director como Justin Kurzel, que demostró gran talento visual con su versión de Macbeth, o efectos digitales de primer nivel, logran sostener a una película que comete el más clásico error de este tipo de adaptaciones: su relato deja mucho que desear.

El resto de la reseña está en Mouse.

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