El peor castigo a la hora de instalarse a ver un remake no tiene que ver con el hecho de ganarse un boleto gratuito al circo de lo fallido si las cosas salen mal completamente. Peor es cuando la oportunidad es desperdiciada en casi cada nivel. En este caso, es como lograr un chillido en vez de pegarse un aullido como el maléfico manda. Y es que el asunto con The Wolfman, película dirigida por Joe Johnston, en demasiadas ocasiones nos recuerda los rumoreados problemas de producción. Desde el ritmo, y su edición, al lamentable «logro» digital en la transformación del clásico monstruo. Estamos en presencia de un lobo de cuatro patas que camina con la cola y se arrastra por la tierra.

La historia de este intento de revitalización presenta a Lawrence Talbot (Benicio Del Toro), un británico que ha pasado gran parte de su vida en Norteamérica destacándose como actor. Pero una tragedia familiar lo lleva a desenpolvar sus relaciones consanguíneas y regresar a su hogar tras la desaparición de su hermano. A su llegada, descubre que su hermano ya está en pleno descanso eterno, despedazado por un asesinato bestial, dejando a su atractiva novia (Emily Blunt) saboreando el luto en compañía del reticente padre (Anthony Hopkins) con el que Lawrence tiene más de un problema del pasadopues nos avisan queel hijo prodigo ha regresado, en un guiño que revela demasiado lo que vendrá a continuación en esta película maldita.

En ese escenario, la película tantea un terreno promisorio. A medida que desenmascara la maldición de la licantropía, el hombre solitario que presentan avanza por una atmósfera cuidada de bosques desolados y frío británico victoriano latente. Es en medio de la búsqueda del culpable del asesinato que rápidamente se utiliza un gore que sale del esquema facilista gráfico y logra entregar más de una secuencia atractiva para el ojo. Las mismas que, títulos iniciales incluidos, nos recuerda algo de aquella esencia clásica de las películas B antiguas en donde el hombre lobo elevó su leyenda.

Pero lo que tiene en pro del eye candy, y divertimento para los que se conforman con las suficientes raciones de hemoglobina y miembros volando por la pantalla, no tiene en determinación por una propuesta. Por ocasiones, el recuerdo va más allá del mero deja vú en torno a las películas previas del monstruo y nos adentra en el terreno de lo pastiche. El ejemplo más claro y lamentable radica en que en más de un compás la música de Danny Elfman recuerda los acordes presentes del Dracula de Francis Ford Coppola. Poco a poco, este hombre lobo se queda sin identidad propia.

Aunque Johnston saca sus mejores cartas en secuencias de acción, como la de un ataque a un campamento de gitanos, recordándonos lo mejor de su Rocketeer en perspectiva a lo que será su próxima labor en El Capitán América,  es toda el entuerto del drama familiar y secuencias no-hombrelobísticas las que atentan contra el desarrollo sacando a relucir los peores recuerdos a lo Jurassic Park 3. Sumen personajes que jamás logran enganchar, pese al renombre de los actores metidos en este proyecto, o un romance marcado sin mayor brillo y tenemos un exponente fílmico digno de bostezos más que de aullidos de exclamación.

Aunque el ritmo intenta ser vigoroso en los primeros pasos, sus personajes quedan a medio camino. Nadie decepciona al nivel de llevarse la mano a la frente en señal de disgusto, lo que sí sería de terror, pero todo está pseudo esquematizado para elevar a Anthony Hopkins o que, al menos, él sea el único que saque provecho al material. Hugo Weaving, en un rol secundario como un  reconocido agente de Scottland Yard, también logra destacar con una buena escena en un bar en el que pone los puntos sobre las ies a los pueblerinos aterrados por el monstruo. Pero Benicio Del Toro sorprendentemente queda al debe, aunque gran parte de ello se debe a que el personaje de Talbot no tiene mucho que hacer más allá de tener la maldición. Toda su historia previa que sustenta el misterio no es más que un relleno previsible y aunque se intenta hacer revisión al aspecto psicológico, tanteando los antiguos tratamientos de shock, el personaje se mueve más por pelos que por las emociones que intentan aplicarle.

Esa maldición tarde o temprano también queda al debe en el terreno del horror, cortesía de los efectos visuales. Denme cualquier día una transformación ochentera a maquillaje puro a lo Hombre Lobo Americano en Londres y los aplaudo. Pero aquí, pelea de hombres lobo de por medio, el prometedor aspecto visual inicial se desinfla completamente a medida que el mundillo digital quita emoción a la transformación. No es que las secuencias no estén bien realizadas, pero la mayoría deja en demasiada evidencia notoria su calidad digital.

Y si ello ya falla, no sorprende que el resto se sienta desganado. El villano en cuestión es tan pero tan maléfico, que su existencia como audiencia no te compras «su transformación» y revelación de corazón. Su motivación no tiene un desarrollo sustentable y en gran parte eso se debe a que desde su primera aparición se instala una suerte de premoción en la que uno sabe exactamente lo que ocurrirá. Y así sucede con el resto cortesía del ritmo entrecortado de la edición. Poco a poco te vas dando cuenta que estás viendo un cojo sin muletas avanzar por un camino empedrado. Irremediablemente, sabes que caerá.

The Wolfman queda incoherente y ciertamente es incompetente a la hora de revitalizar al clásico monstruo. Evoca de mala forma la película protagonizada por Lon Chaney Jr y en evidencia queda su único y gran objetivo: armar una versión más cara en donde importa más la locación que el desarrollo de la historia. Ahí el conjunto se queda sin alma y de revitalizaciones, nada de nada.

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