La fama no lo es todo y en casos de reconocimiento absoluto, en donde las cámaras siempre están encima, aquello puede convertirse en una verdadera pesadilla en vida. Ese es el principal motor de Blonde, un interesante biopic no tradicional estrenado por Netflix que está filmado con un pulso que no tiembla a partir de la dirección de Andrew Dominik (El Asesino de Jesse James por el Cobarde Robert Ford).

Instalándose sin tapujos en un terreno ficcionalizado, que avanza como un drama con tintes de terror psicológico, la película aborda gran parte de la vida de Marilyn Monroe para no solo explorar los más grandes hits de su carrera y los efectos en su vida personal, sino que también a la hora de escudriñar en cómo Norma Jeane Mortenson fue abrumada por el platinado personaje que creó, la manera en que el mundo abusó y la difuminación identitaria que todo aquello provocó en una persona marcada desde la niñez por las carencias afectivas. Todo esto tomando base la novela del mismo nombre escrita por Joyce Carol Oates, quien una y otra vez ha recalcado que su propuesta no es una biografía.

De ahí que en medio de la ficción de relaciones de tríos, relaciones con mandatarios desmitificados y figuras paternas presentes solo en narraciones, la película no oculta que su principal foco es explorar la idea de la fama, los abusos que se aprovechan de la vulnerabilidad y el costo que tiene el acto de exposición en todos los ámbitos de la vida, especialmente ante las miradas lascivas.

En el medio de todo eso también está la forma en que la imagen de la mujer fue controlada, su talento fue minimizado y se elevó su figura para unirla a la idea de la rubia tonta.

Asimismo, y para potenciar la idea de ficción que hay detrás de la propuesta, los esposos más célebres de Marilyn (El beisbolista Joe DiMaggio y el escritor Arthur Miller) nunca son nombrados, se crea una turbulenta historia ficticia con el hijo de Charles Chaplin e inclusive se crean diálogos con bebés hechos con efectos digitales que nunca nacieron. Lo importante es que lo único que realmente importa en todo ese esquema es la exploración de la psiquis de Norma Jeane, la forma en que fue utilizada y abusada por aquellos que debían protegerla (Su madre, esposos y hasta el líder de su país) y el modo en que la mujer perdió la batalla para sobreponerse al costo de ser Miss Monroe.

En toda esa tarea es indudable que la película avanza, descansa y se sostiene de la interpretación de Ana de Armas, quien realiza un trabajo excepcional para interpretar a esta versión de Marilyn Monroe que se diluye poco a poco hasta quedar atrapada en los fármacos que adormecieron su depresión.

Obviamente un tema será su acento cubano, que nunca logra desvanecerse del todo, pero ese detalle queda opacado completamente por la cruda interpretación de la actriz tanto a la hora de abordar los momentos íntimos como en la recreación de momentos de películas, incluyendo el emblemático momento del vestido en “La comezón del séptimo año”.

Sumado al trabajo general de la realización, que no sigue una estructura tradicional y difumina la distancia entre lo que es real y lo que solo está en la cabeza de su protagonista, Blonde también cuenta con un montón de escenas que recrean momentos emblemáticos y rompen la barrera de la realidad para funcionar como si se estuviesen ocupando imágenes de archivo de la Marylin real. Y en todo ese avance, la película genera un efecto que habitualmente desorienta y potencia la idea de la narrativa de un personaje que se resquebraja a lo largo de sus 166 minutos.

Otro tema relevante con Blonde sin duda tiene que ver con las expectativas que generó su discusión previa, especialmente por el contenido sexual y la clasificación que podría haber postergado su lanzamiento en Netflix, pero quizás lo más llamativo de destacar en esa área es que sus escenas de sexo están manejadas con bastante tino en comparación al ruido que generó la clasificación NC-17 que obtuvo la producción.

Ese tino también está presente en el resto de su sólido trabajo cinematográfico que juega con el paso del blanco y negro al color, para reforzar estados de ánimo y psicológicos de su protagonista, así como con la relación de aspecto (pasando del widescrean al 4:3 sin problemas) y el manejo visual que continuamente busca desorientarnos, ya sea expandiendo a las multitudes alrededor de Marilyn o explorar sus carencias en los momentos más íntimos. De ese modo, esta también es una historia que deja en claro que nos quiere incomodar, especialmente en el afán que siempre tenemos de opinar y juzgar a las celebridades. Las mismas que pueden a llegar a estar definidas simplemente por ostentar la fama.

El resultado final, en el que algunos aspectos merman a la destreza visual y narrativa general de la película, como es el caso de las secuencias con los bebés de CGI, de todas formas involucra a una producción que logra salir adelante al escudriñar en la soledad, las carencias afectivas y las tendencias autodestructivas de un entorno en donde los sueños de Hollywood pueden terminar moldeándose solo en las apariencias. Quizás por eso, a pesar de que los momentos más llamativos implican a aquellas secuencias que hablan del negocio del cine y recrean las obras de Marilyn, las más poderosas involucran esa búsqueda de dar con la Norma Jeane que se perdió en el camino.

Publicada en Mouse.

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