El primer acercamiento a Mythic Quest: Raven’s Banquet viene de la mano de sus creadores: Rob McElhenney y Charlie Day, la dupla reconocida por la graciosísima It’s Always Sunny in Philadelphia, y Megan Ganz, guionista de aquella serie y con experiencia en propuestas tan divertidas como Community. La participación de los tres, con McElhenney también asumiendo labores de protagonista, representan el principal gancho, ya que su propuesta es exhibida en una plataforma que recién está naciendo, Apple+, y que aún no tiene la misma publicidad que otros streamings.

Sumen a la compañía Ubisoft como impulsora de esta iniciativa, incluyendo su participación para crear el arte y los gráficos digitales, teniendo como resultando a una propuesta que se centra en torno a un pequeño estudio de videojuegos, subsidiaria de un gran conglomerado con oficinas en Montreal, que está tras el videojuego de rol multijugador masivo en línea (o MMORPG) más popular del mundo: Mythic Quest.

Tomando como base las fórmulas de las series situadas en lugares de trabajo, las interacciones obviamente giran en torno a los lazos y desavenencias que se van creando en el camino, la serie da varios pasos llamativos tanto por la forma en que entienden el mundo de los videojuegos y el modo en que sus personajes están creados para sacar el mayor partido posible a la historia. En ese sentido, la propuesta se inicia con el videojuego ya al tope del mercado, pero con un desafío no menor: el lanzamiento de una extensión, llamada Raven’s Banquet, largamente esperada por los fans y de la que depende el futuro comercial de un juego plagado de micro-transacciones.

Es ahí en donde conocemos a Ian Grimm, interpretado por McElhenney, quien es el director creativo que define la ruta a seguir por todos, aunque su ego merma sus funciones. En la otra cara de la moneda está Poppy Li, la ingeniera principal, cuya creatividad está solo al servicio de lo que el director creativo quiere comandar. Y en la relación entre ambos va generando el conflicto principal relacionado al legado de ambos en una industria marcada por el dinero.

Pero aunque están bastante bien en sus respectivos roles, gran parte de los mejores momentos están relacionados con el resto de personajes entre los que se cuentan David Brittlesbee, el productor ejecutivo que carece de voz de liderazgo y que es interpretado por otro de los actores de It’s Always Sunny, además de su asistente que tiende a trabajar más para Ian en vez de cumplir sus funciones o un par de mujeres testers que revisan los fallos y conectan más allá de la amiste.

También está un escritor de ciencia ficción interpretado por F. Murray Abraham que aporta a las historias, bajo la fama que le sigue entregando un premio Nebula que ganó hace décadas, y el jefe de monetización (Danny Pudi, Community) que solo quiere hacer que los bolsillos de los gamers sangren dinero.

En las relaciones entre los personajes surge el conflicto, pero también cada uno cumple un rol para escudriñar en la industria de los videojuegos. Por ejemplo, el segundo episodio se presenta la creación de un Casino, generado a partir de sponsors externos, que solo busca que los gamers gasten más, mientras que el tercer episodio gira en torno a una actualización que permite que los gamers se reúnan, dando pie a que jugadores nazi comiencen a causar estragos.

A partir de ahí, la serie aborda elementos como el choque entre la creatividad autoral y el hambre comercial, las barreras que surgen al intentar establecer que no se ofenda a nadie con un producto, los escasos espacios que las mujeres deben pelearse entre si en industrias altamente masculinizadas, los riesgos de la privacidad, el rol que pueden cumplir los influencers para lastrar a las compañías a zonas de menor osadía o el error de crear falsos influencers en un escenario en donde las redes sociales y los comentarios en vivo pueden destruirlo todo de inmediato al sentir el hedor del engaño.

Cada uno de esos elementos está muy bien abordado, y da para situaciones realmente graciosas, pero la serie se eleva a un lugar superior con su quinto episodio, una joya que solo incluye a uno de sus personajes principales por segundos.

Centrándose en lo que sucedió con una pareja de innovadores que sacó un videojuego no comercial que se volvió en un éxito y el cómo eso mismo dio pie a que se corrompiese su visión, ese episodio inicialmente parece un pez fuera del agua en el gran contexto de la historia, pero a la larga queda claro que todo es bombeado directamente por su corazón.

Más aún, lo que sucede en ese capítulo es tan bueno, que lamentaría que no le den una oportunidad a la serie solo porque no es un hit que está en las conversaciones de todos o los primeros episodios no cuajan de inmediato. Lo importante, por el contrario, es que todo está ahí para hacer funcionar a un engranaje mayor, ya que una vez que la serie llega al final de su primera temporada, todo calza a la perfección, como un cartucho dentro de una consola, y no hay que soplarlo para que funcione.

Mythic Quest: Raven’s Banquet es a fin de cuentas una serie que representa un viento fresco para las comedias laborales, ya que no es solo una mera oficina tradicional, pero lo mejor de todo es que entiende muy bien al entorno de los videojuegos, desde sus creadores hasta su propia audiencia, y tiene algo para decir al respecto. Eso último es definitivamente lo más importante de todo.

Publicado en Mouse

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