Cats, el musical compuesto por Andrew Lloyd Webber, es una de las obras más representativas de Broadway, batiendo récords de audiencia y de presentaciones por casi dos décadas. Es, por lo bajo, una de las marcas teatrales más conocidas de la cultura popular.

Cats, la adaptación dirigida por Tom Hooper, nunca justifica su existencia, instalándose como una propuesta extraña que deja en claro una máxima que nunca aprenderán en Hollywood: No todo tiene que ser adaptado, por muy famosa que sea una marca.

Tengan en cuenta que desde que el cine es cine, las adaptaciones han sido uno de los motores más relevantes a la hora de contar historias en la pantalla grande. Primero fueron clásicas novelas y obras de dramaturgia, dando pie a una manía que ha solventado los traspasos de series de televisión, cómics, videojuegos y hasta meros juguetes. Pero estos últimos, inclusive en sus peores ejemplos, no caen tan bajo como Cats.

Aquello se debe a que su principal problema es que rara vez, a lo largo de sus casi dos horas de duración, aprovecha el entorno cinematográfico para relatar su historia. De hecho, de forma involuntaria actúa más como una filmación desbocada de una obra teatral de gigantescos sets y secuencias estrafalarias que tienen el ritmo de una gota de agua que cae desde un grifo mal cerrado. Por eso, y siendo muy generosso, esto solo se justifica como una rareza.

Pero esa situación la que le juega un flaco favor a una producción que, de partida, no tiene precisamente la historia más atractiva, algo que se arrastra desde el original que alguna vez presentó Canal 13 en televisión. Más aún, y salvo su secuencia más conocida de “Memoria” a la luz de la luna, es una propuesta que se sustenta en canciones que tampoco son tan pegotes y que solo ganan fuerza en el entorno en vivo de una obra al interior de un teatro. Es decir, creo firmemente en que hay una cortina propia del cine que remueve toda gracia a la forma en que está contada este Cats.

Eso se traduce en una anti-película creada de forma involúntaria, pues dicho objetivo nunca se patenta en pantalla por parte de Tom Hooper, quien se preocupa más de conducir los hilos coreográficos asexuados que los narrativos.

Y es ahí en donde está el verdadero sino de esta producción y no su decisión estilística de la “piel digital de gato”, que entra más de una vez en el terreno del valle de lo desconocido, generando el consecuente rechazo a sus gatos antropomorfos. Más encima, cuenta con errores que ni siquiera un parche post-estreno logró solucionar del todo. Si se fijan en las manos de los personajes, perderán la cabeza intentando darle un sentido a la presencia de manos humanas que a veces tienen pelo y otras veces no lo poseen.

Pero con Cats es fácil perder los estribos. Puede que cuente con actuaciones que sacan en varias ocasiones de la película, como es el caso de Rebel Wilson o ese presentador de late-show más conocido por sus Carpool karaokes, o que actores que han entregado cotas muy altas en el pasado aquí parezcan un mero fantasma de si mismos, pero la falta de justificación de su existencia, la duda constante, los porqués sin responder sobre su existencia, son los que terminan ganando el terreno.

Ello me lleva a mi conclusión: justo detrás de mi asiento en el cine, un grupo de personas tarareó canciones e inclusive aplaudió una vez que comenzó la cortina de créditos finales. Quizás ese sea el único público para el que está hecha esta no-película: aquellos que vieron la obra original, se conocen las canciones de memoria y simplemente quieren ver un giro distinto a lo que ya los cautivó. Para todo el resto, sin embargo, no hay nada.

Publicado en Mouse