Antes del estreno de Watchmen, la adaptación de HBO, hubo un montón de ceños fruncidos. Mal que mal, se trataba de una nueva versión del que es quizás el cómic más elogiado de occidente. Además, era una propuesta de secuela que extendería la historia más allá de los márgenes de lo que el escritor Alan Moore y el dibujante Dave Gibbons realizaron en el papel, lo que de por si despertó las alarmas. Y tampoco hay que olvidar que en el medio estaba un realizador relacionado a producciones con recepciones uniformes, como lo fueron el controvertido final de Lost y esa precuela de Alien conocida como Prometheus.

Algunos, los más devotos y talibanes, se negaron a verla desde el comienzo, levantando la bandera en nombre del escritor original que se niega a acercarse a las adaptaciones de sus trabajos. Sin embargo, pese a la necesaria precaución inicial existente entre los fans de la novela gráfica más exitosa de la historia, la serie conducida por Damon Lindelof se solventó capítulo a capítulo para elevarse como la serie del año. Tal cual.

Aquello fue posible por la forma inusual en que se fue desentrampando el misterio de su primer capítulo, dejando paso a paso en claro la existencia de conspiraciones que comenzaron inclusive antes de las aventuras de los Crimebusters, pero también por la conexión maestra que fue gestando con el cómic original y haciéndolo no como mera réplica.

“Las máscaras hacen que los hombres sean crueles”

Esta adaptación de Watchmen se estableció como una cautivadora fuerza de ideas llamativas adheridas a la columna vertebral de la fallida utopía que se gestó por la acción de Ozymandias en 1985, lo que abrió el camino a posibilidades infinitas.

Ya sea la intervención de Laurie Blake, conectando con el clásico cómic en un tercer episodio de alta factura, o el brillante acto de retrocontinuidad en torno al origen de Justicia Encapuchada, hubo decisiones narrativas que impulsaron su propuesta hasta las cotas más altas de la pantalla chica.

De hecho, toda la serie nos fue preparando poco a poco para sacar el velo al acto de prestigio definitivo de su propuesta: la aparición del Doctor Manhattan, su función en la historia y el cómo lograron trasladar su experiencia de vida no lineal a un entorno audiovisual .

A lo largo de sus episodios, coronados por el final emitido este domingo, el Watchmen de HBO representa una rareza: una secuela que profundiza en el original, pero que también crea su propio camino temático.

A través de una destreza narrativa abrumadora, esta serie no puede dejar indiferente ni al más recalcitrante de los detractores que consideran que el cómic original no debía ser tocado de ninguna forma. De hecho, esta es la demostración más certera de que hasta la más sagrada de las vacas puede ser revisada, siempre que exista el talento suficiente para no hacer un mero homenaje que no avanza en nada.

“Considerando lo que podía hacer, pudo haber hecho más”

Como un reloj mecánico, en el que todas sus piezas cumplen una función para avanzar el horario, minutero y segundero, la temporada armó una intrincada creación que fue todo un agrado de ver y escudriñar en sus significados, sin perder el tiempo a la hora de diseñar sus ricos componentes narrativos encabezados por el personaje de Regina King, figura central sin la que esta nueva propuesta no hubiese funcionado.

Es decir, Watchmen, la novela gráfica, es una obra maestra que en su momento expandió los alcances de lo que una historia de superhéroes puede abordar y resonó por cómo su historia se entrelaza de forma satisfactoria, icónica e imperecedera. Watchmen, la serie de HBO, realiza algo similar en un entorno audiovisual, creando un cierre tan perfecto como el de las viñetas. Y esa es una tarea titánica que nadie esperaba.

Tal como el Reloj del Milenio, creado por Lady Trieu, la función y significado de la serie solo se volvió evidente con “Mira Cómo Ellos Vuelan“, un final que hizo calzar todas las piezas, que avanzó con algunas resoluciones que no fueron del todo impactantes, ya que sus pistas siempre estuvieron ahí, y que volcó su narrativa para responder todas las grandes preguntas, inclusive aquellas que se creían que no tendrían que ser abordadas.

Claro, en el episodio final explicaron quién es realmente Lady Trieu, incluida su particular historia de origen, pero además sacaron el velo a su gran objetivo, el porqué de su presencia en Tulsa y las causas de su establecimiento formal como la sucesora de Ozymandias, tanto en términos económicos como en lo que involucraba a sus ansias salvadoras mesiánicas psicópatas que exigen reconocimiento.

Sin embargo, lo que ella no previó fue cómo Manhattan movió las piezas necesarias, motivado por la relación que forjó con la mujer que conoció en Saigón, para abrir el mundo sin ataduras. Por eso es potente su frase final, al expresar que vive en cada uno de los momentos en los que estuvo con Angela, pues eleva la relación central que terminó impulsando todo el relato, dándole una profundidad aún mayor a Manhattan.

En el camino, la serie también entregó varias joyitas, como el diálogo de Ozymandias en Europa sobre el por qué creó a un nuevo enemigo con una máscara o la forma en que el abuelo Will remarcó que, con todo el poder que tenía, Manhattan debió haber hecho más. Pero hay acciones que precisamente apuntan a que sí existió un legado de su parte para corregir el camino. Así como hubo una razón para no trasladar solo a Ozymandias al Polo Norte, pues era necesario que pagase por lo que hizo en 1985, es claro que por algo se rompieron los huevos para hacer la tortilla.

Si bien los últimos actos del Dios azul saldaron sus deudas gestadas una vez que se declaró aburrido de vivir entre humanos en las viñetas, no es necesario profundizar más en lo que sucede paso a paso en el episodio. Aún así, lo más relevante tiene relación con el hecho de que el último capítulo entregó un nuevo significado a sucesos que ocurrieron previamente, lo que de seguro dará una jugosa experiencia a la idea de revisitar la serie a futuro. Es decir, está claro que la compra de la granja de los Clarks se debió al regreso de Adrian Veidt.

Al mismo tiempo, las revelaciones del final no se sienten fuera de juego, a pesar de lo alocado de los elementos que confluyen, desde máquinas para robar el poder de un Dios a calamares convertidos en balas. Aquí todo calza, pollo, y su escena final, tal como aquella del cómic, es un cierre perfecto bajo la idea fuerza de que nada termina realmente.

Una vez que Angela encuentra la caja de huevos que rompió en su cocina en el penúltimo episodio, recuerda la advertencia de Cal sobre los huevos flotantes y el momento de su primer encuentro en Vietnam, cuando Manhattan le explicó que podría transmitir sus poderes a otra persona a través de un objeto orgánico que podría ser consumido. Una vez que, al lado de su piscina, Abar consume el huevo y tantea la superficie, para constatar si puede caminar sobre el agua, el episodio se va a negro y deja la respuesta en nuestro poder.

Mientras de fondo se escucha un cover de The Beatles, la idea de que esto no necesita más episodios se solventa de forma perfecta, ya que ese nuevo mundo puede vivir perfectamente en nuestras cabezas. Y si eso se concreta, la hará merecedora de su inmortalidad. Rara vez uno se topa con la perfección y eso fue esta adaptación que hizo suyo al mundo de una historia que comenzó con la muerte de un Comediante.
I am the egg man
They are the egg men
I am the walrus
Goo goo g’joob

Publicado en Mouse