Todo aquél que ha visto una película de Rambo tiene claro que ninguna secuela podrá estar a la altura de la primera. En cada una de las continuaciones de la saga, a partir de lo que comenzó a establecerse con el exceso de músculos de Rambo II, el personaje interpretado por Sylvester Stallone fue erigido como un dispensador de justicia muy alejado del drama de la primera sangre.

Más aún, sus acciones también podían responder a sucesos contemporáneos afines a cada estreno. Mal que mal, una de sus entregas llegó a ser dedicada al “pueblo galante de Afganistán“, en medio del contexto de la Guerra Fría contra la Unión Soviética, lo que ahora solo es un reflejo de puro intervencionismo que ahora vuelve para morderles el trasero a quienes estuvieron involucrados en su realización.

Si bien la cuarta película intentó volver un poco a ese Rambo más contemplativo, con un viejo guerrero alejado del mundo, inevitablemente la pólvora y explosiones tomaron el mando para entregar un satisfactorio vendaval de vísceras, sangre y acción desmedida que alejaron al héroe aún más del original. Era más Rambo que las dos anteriores, pero aún así estaba muy lejos del original.

De ahí que Rambo: Last Blood, la última entrega de la saga, no puede sino quedarse en la superficie para volcarse de lleno a la acción porno, siendo completamente ineficaz a la hora de explorar lo que el viejo guerrero sigue cargando como mochila tras sus experiencias previas. Claro, ahora está más viejo y no es tan invencible como antaño, pero en la película hay diálogos que indican que el plan era explotar mucho más lo que hay en la cabeza de John Rambo. Y esa oportunidad desperdiciada termina siendo su gran pecado.

Enfocándose en rescatar una visión de acción de blanco y negro más propia de los ochentas, lo que se vuelve muy raro al considerar que ahora no tiene que enfrentarse a soldados, ver Rambo: Last Blood también es una experiencia a destiempo, pues es miope ante el potencial de su historia para abordar el presente de la política de su país sobre los migrantes y su cuento solo resulta una vez que deciden tocar las teclas viejas del concepto de un ejército conformado por un solo hombre.

Last Blood también se toma mucho más tiempo de lo habitual para establecer que, tras volver al rancho familiar, Rambo pasa sus días junto a una familia latina que vivió junto a su padre. El gran conflicto que aquí nos convoca se inicia una vez que la menor del hogar, Gabriela, tiene la mala idea de ir a buscar a su padre a México y saber por qué diablos se fue hace tanto tiempo.

Contra los consejos de su familia, incluido el viejo guerrero que la ha criado como su propia sangre, la joven Gabriela cruza la frontera, se encuentra con una amiga y cae en las garras de un cartel que se dedica a la trata de blancas. A partir de ahí, Rambo inicia la búsqueda de Gabriela, se topa sin mayores problemas con los cabecillas del cartel e inevitablemente todo da pie al clásico esquema en el que esta máquina de matar debe rearmarse, hacer más suya que nunca a la ira de la venganza y enfrentarse en solitario contra fuerzas armadas hasta los dientes.

Con lo anterior en cuenta, otro gran problema de Rambo: Last Blood tiene relación con el hecho de que la película se siente demasiado lenta en sus primeros actos, precisamente por la impericia de crear el nuevo estado de la vida del veterano en un rancho, lo que juega muy en contra al considerar que solo se trata de una producción de poco más de 100 minutos. Parte de ese inconveniente no solo se relaciona con los problemas inherentes de una historia que se desarrolla a zancadillas, siendo esquemática y predecible a la vez, sino que también se debe a que el propio Stallone se siente en piloto automático en comparación a lo que venía haciendo con las películas de Creed.

Lo único a favor, siendo bastante generoso, es que Last Blood nunca busca ser realista y eso da pie a que sus últimos 20 o 30 explosivos minutos entreguen precisamente lo que quiere ver alguien que va a una función de Rambo al cine. Con un Sylvester Stallone de 73 años inhumano, pues su estado físico no es propio de su edad, esta secuela se vuelve un completo desmadre, como si fuese el sueños húmedo de todos aquellos que en Estados Unidos cacarean contra los peligros al sur de su frontera.

Pero téngalo claro: Rambo: Last Blood nunca intenta ser política, pues no juzga a la caricatura bajo la que están sustentadas todas sus bases y todo está construido para explicar el por qué el viejo guerrero se vuelve el único carnicero capaz de enviar al matadero a villanos sin alma que representan lo peor de lo peor, actuando de forma impune al sur de la frontera porque los tienen a todos comprados.

En un nivel mucho más bajo que la anterior entrega, a partir de un guión co-escrito por el propio Stallone, Rambo: Last Blood no es un completo desastre considerando lo bajo que pueden llegar algunas secuelas de acción como pasó hace algunos años con Duro de Matar. Pero al menos esta sí es la primera realización de esta saga que me hace ver la hora del reloj durante su desarrollo y nada de sus explosivos minutos finales, que se instalan como un solo estridente de despedida, puede compensar un desangre como este. La última gota ya se derramó, es mejor que Sly deje descansar a este guerrero en paz.

Publicado en Mouse

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