Deadpool, la película original, pesaba menos que un paquete de papas fritas, pero era muy divertida. A su favor tenía el hecho de que rompía con los códigos, especialmente aquellos que apuntan a lo que hay que esperar como canon en una película de superhéroes, siendo a la vez una propuesta tonta que se reconocía tonta y que no tenía otra aspiración que ser tonta. Abrazar eso la hacía funcionar en la senda de aquellas clásicas películas de parodia.

Asimismo, aprovechando con todo su calificación cinematográfica – con palabrotas, ultraviolencia y gags -, la primera Deadpool se sobreponía al hecho de que el personaje del cómic que adaptaban en realidad no es la gran cosa. Por eso, más allá de sus diálogos divertidos o la jugada de abrazar su bajo presupuesto para una superproducción, el principal motor de aquella entrega original era un Ryan Reynolds que lo daba todo.

En contraste, Deadpool 2 toma el relevo siendo una respuesta directa a las carencias de la primera película, entregando una propuesta mucho más sólida, que le saca aún más partido al personaje principal y el carisma de un protagonista que sigue disparando todos los cartuchos en cada escena.

Lo más evidente de Deadpool 2 lo representa el hecho de que su dirección está a cargo de David Leitch, un coreógrafo de dobles de acción que dio el salto como director con películas como la primera John Wick, que co-dirigió junto a Chad Stahelski, o Atomic Blonde. De ahí que no solo en esta secuela, aprovechando el éxito comercial de la primera entrega, queda claro que existen más recursos puestos en pantalla para hacer por ejemplo un mejor Colossus, sino que además hay un mejor manejo en lo que compete a cada secuencia de acción.

A pesar de que el original no estaba mal en ese ámbito, Leitch lleva todo al siguiente nivel, demostrando con desparpajo un mejor manejo de la cámara, las coreografías y seguimiento de cada bala disparada, puño lanzado y sangre derramada. Esta secuela también representa un avance en todo el resto de elementos de producción, ya que el vestuario, sets e inclusive diseños de personajes son más atractivos.

El plus va de la mano de su historia, que subvierte las expectativas de una secuela desde la primera escena, provocando que no sea fácil aceptar su tono. Chistes de por medio, esta nueva entrega juega con su protagonista en la búsqueda de una motivación para que siga con vida una vez que lo perdió todo en los primeros minutos, salvo su condición de ser un mutante casi inmortal. A esa idea entrelazan el concepto de familia, que sustentan para definir a futuro la idea de que el personaje de Reynolds sea parte de un equipo en la ya anunciada X-Force.

Esa estructura probablemente será una bofetada para algunos que prefieren la primera película, ya que existe en el medio un adolescente que es utilizado como eje de una nueva dinámica para Deadpool. Sin embargo, el manejo de personajes, especialmente aquellos que está secuela desecha en una de sus secuencias más demencialmente hilarantes, sirven para armar un eje que contrasta con la inclusión de Cable, un tipo que se traslada desde el futuro con una misión: matar a ese menor de edad que protege el mercenario bocón.

El Cable interpretado por Josh Brolin es una buena adición que sirve de contrapunto al personaje de Reynolds, ya que parece estar protagonizando una película completamente distinta. Su seria inclusión, además, sirve para enganchar con el giro de una película que tiene entre sus múltiples sorpresas, y vaya que lo son, a un gran villano de tomo y lomo que termina cruzándose en el camino de los objetivos de todos.

Aunque las sorpresas de esta película dan mucha risa, especialmente lo que pasa con la promocionada inclusión de la X-Force, el gran pero de esta secuela lo representa una idea que era insoslayable: el chiste perdió novedad e inevitablemente la secuela perdió la frescura que solo iba a tener el original. Como ya sabemos qué esperar como base, hay cosas que terminan dándose por sentado y ya no sorprenden. Si Deadpool fuese un choclo, en esta secuela ya no está tan tierno.

Lo bueno es que los realizadores, quizás teniendo en claro ese punto, sí se esfuerzan en esta secuela a la hora de entregar elementos que salen de la norma ya establecida por la anterior.. El mejor ejemplo sin duda es Domino, un personaje mutante con poderes absurdos más propios de los cómics, pero que son traspasados al cine de una forma notablemente cinematográfica. El personaje interpretado por Zazie Beetz, de hecho, es una de las mejores apuestas que se han sumado al género de las películas de superhéroes en mucho tiempo.

En la raya para la suma, Deadpool 2 es “más película” que el original en muchos sentidos, y también la supera en ámbitos que le dan la sustancia que carecía el original. Al mismo tiempo, hay que considerar que los chistes no son del todo frescos, salvo aquellos que son súper ñoños y que representan referencias a los cómics que no estaban en la primera. Pero sin duda Ryan Reynolds se luce una vez más para “subir a su audiencia al escenario”, llevándolos a una parada similar a la que existía hacia el humorista Sandy y ese chiste del taxista y el español. El tipo nos vende la película y no hay forma de subirse a su fiesta.

En ese sentido, Deadpool 2 provoca algo muy extraño, propio de las buenas sátiras, y que la hace más valorable: toma las burlas de muchas cosas del género de los superhéroes, y la propia carrera de Ryan Reynolds, para hacer que la audiencia también sea parte del chiste. Quizás por eso lo que todos más recordarán es lo que menos debiese importar: sus escenas post-créditos. Ahí esta película abraza lo absurdo de su propuesta para cerrar todo con broche de oro, demostrando que la sátira es lo mejor de este mutante irritante.

Publicada en Mouse

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