Star Wars: The Last Jedi es como si Jamaica hubiese decidido poner a Usain Bolt en el penúltimo puesto de sus carreras de relevos. Probablemente habrían ganado igual todo el oro que colgó de sus cuellos, pero de todas formas ahí habría estado la sensación de que lo mejor no estuvo en el cierre. Está bien. Ganaron la carrera. Pero estaban las piezas para hacer algo memorable.

The Last Jedi sin duda es una mejor película que The Force Awakens y, por consecuencia, mejor que las precuelas. Al mismo tiempo, cuenta con todos los grandes momentos dignos de Star Wars que le hicieron falta al episodio anterior. Pero también peca en exceso al extender su metraje en torno a sus tramas secundarias, haciéndolo a riesgo de volverlas irrelevantes. Eso no solo hace notar que faltó una gran poda de edición, sino que además pone sobre el tapete la flaqueza de un personaje como Finn (John Boyega).

Ese tema no es menor, ya que el octavo episodio de la saga central no tenía una tarea fácil. Su principal misión era precisamente dar más consistencia a sus nuevos jóvenes protagonistas, aquellos que están destinados a tomar el relevo. Los mismos que en el capítulo anterior no fueron introducidos de la forma más satisfactoria, salvándose más por carisma que por contar con sustancia.

Pero considerando que esos nuevos protagonistas funcionaron más como una especie de sahumerio a aquellas malas experiencias de casting que marcaron a las precuelas, el paso del tiempo tras el estreno de The Force Awakens solo terminó poniendo sobre el tapete aquellas múltiples críticas hacia el Episodio VII, las cuales evidenciaron que faltó más novedad y sobró en exceso el marketing.

Esa condición de The Force Awakens, como representante clave del fenómeno que defino como “reimekuelas”, terminó dándole forma a su principal legado tras su estreno a fines de 2015. Su producción, que la instaló al mismo tiempo como un reinicio, un remake y una secuela que extendió el legado, simplemente terminó potenciando el resquemor cada vez más presente hacia ese tipo de cine que regurgita marcas conocidas y toca en exceso la tecla de la nostalgia para asegurar traseros en las butacas.

No obstante, su director Rian Johnson (Breaking Bad, The Brothers Bloom, Looper), quien también se encargó del guión de The Last Jedi, se alejó de esa dinámica y presenta una entrega que no vuelve a cometer el mismo error de aquél despertar de la fuerza. Claro, el corazón de la franquicia está en continuar el cuento de aquellas viejas aventuras que nos trasportaron a esa galaxia lejana, pero con esta película finalmente se deciden a solventar las nuevas caras, pues el tiempo se extinguió para los rostros más clásicos.

Quizás Finn es el que sale peor parado, y no hay forma en que puedan vender su conexión con Rey, pero la mayor fortaleza de esta secuela es que sí logra solventar al resto del elenco. Desde un Poe Dameron (Oscar Isaac) que está marcado por su necesidad de crecer como líder, y no solo pensar en destruir al enemigo, hasta la dupla protagónica que forman Rey (Daisy Ridley) y Kylo Ren (Adam Driver), instalados como las dos caras de la misma moneda. Ambos se entrelazan en el nudo dramático principal que cuenta con sorpresas en el camino que realmente no deben ser spoileadas.

El problema es que igual todos ellos son eclipsados cada vez que Leia y Luke (Mark Hamill) entran en acción. No solo existe veneración hacia lo que representan, y más de una lágrima caerá con cada aparición de Carrie Fisher en pantalla, pues además son los que de mejor forma se conectan con toda la mitología central.

Son ellos los que dan fuerza a, mira tú, la fuerza y el valor de la resistencia. Es su conexión lo que hace funcionar a la historia y permite que The Last Jedi realmente reluzca más que su predecesora, incluyendo en el camino un par de secuencias de batallas simplemente increíbles.

Sin entrar en detalles de la historia, la película comienza dejando en claro una idea: La Primera Orden impera sobre la galaxia tras la destrucción de la República. La pérdida de la Base Starkiller no mermó en nada su poder, ya que inmediatamente tras esos hechos, su flota se acerca poco a poco a la base rebelde para erradicar a la resistencia de la galaxia.

Pero en el camino de los planes comandados por el general Hux (Domhnall Gleeson) está la esperanza, ya que el piloto Poe Dameron no duda en arriesgar vidas para sacar del camino a una nueva arma devastadora. Pidiendo prestada una carta del primer episodio de esa gran serie conocida como Battlestar Galactica, la villana Primera Orden ha logrado detectar cómo perseguir a los remanentes de la resistencia, ahogando toda esperanza de escape y poniendo sobre la mesa un reloj que juega en contra.

En otra parte, en una pequeña isla que ya vimos al final de la película anterior, Rey espera convencer a Luke Skywalker para que se reúna con los rebeldes y ayude en la pelea contra las fuerzas de la Primera Orden. Pero el último caballero jedi no está interesado y su relación no será fácil, mientras se revelan hechos del pasado y se generan interesantes nuevas conexiones con la fuerza, difuminando los límites entre el lado luminoso y el lado oscuro de la fuerza.

Ese es un tema central que levanta a toda esta historia, dándole ritmo y verdadero corazón, mientras por otro lado otras subtramas de la Resistencia -insignificantes en comparación- extienden el metraje más de la cuenta.

Pero centrémonos en lo bueno, ya que lo que funciona en Star Wars: The Last Jedi realmente funciona y hasta llega a relucir. Todo lo que tiene relación a Rey, su descubrimiento personal y su acercamiento a la fuerza, o la forma en que se instala Luke con su discurso de que está decidido a cortar el legado jedi, avanza por senderos inesperados y que altera la percepción hacia cada héroe de una forma que hasta llega a ser emocionante.

Quizás es porque Luke es el héroe que se prometió, y uno quiere volverlo a ver brillar, pero este Episodio VIII de la saga realmente avanza por senderos que dan un nuevo vuelco a la dicotomía entre la redención o la seducción del lado oscuro. De hecho, a cada minuto nos dejan en claro que la fuerza es el equilibrio que une al universo y el lado oscuro siempre persistirá.

En el medio también hay un uso del humor que generalmente funciona, especialmente en todos los detalles de la isla de Ahch-Toh. Siguiendo la idea de mostrar nuevos mundos y criaturas, esta nueva locación de la saga presenta una dosis de belleza y aislamiento que juegan muy bien en base a lo que es Luke en este episodio. Por ejemplo, en ese lugar hay unas raras monjas aliens, horrendas criaturas que entregan un asqueroso desayuno y obviamente los porgs, que son usados generalmente en su punto justo y no terminan siendo tan molestos como preveían los más temerosos.

Por otro lado, todos los problemas de The Last Jedi están en base a la escapatoria espacial de la Primera Orden, lo que no solo nos entrega la persecución espacial más lenta de la historia, sino que además una subtrama sin mucho sentido. Tal como anticipan los tráilers, Finn hace equipo con una soldado de bajo rango de la resistencia, pero su misión no conduce a nada relevante.

En el medio de todo eso nos topamos con un hacker poco confiable llamado DJ (Benicio Del Toro) y una vicealmirante llamada Holdo (Laura Dern) que se suma a la cabeza de la resistencia y está involucrada en el momento más épico de la película. Pero en el fondo, la historia no habría cambiado si hubiese estado ausente el escenario de la lujosa ciudad casino llamada Canto Bight.

Ese relleno, al que intentan dar relevancia con un poco de subtexto sobre la importancia de la revolución para todos aquellos que son oprimidos por la maquinaría económica, se transforma en un lastre. Uno que impide que la película se sienta como algo que realmente puede competirle de igual a igual a lo mejor que nos ha entregado esta saga en los últimos 40 años.

Aún así, The Last Jedi es una sucesora que es importante por contar con las preguntas más interesantes y frecuentemente subvierte las expectativas a la hora de entregar respuestas. De hecho, una película de Star Wars no sorprendía tanto desde El Imperio Contraataca, ya que hay momentos de esta secuela que realmente pillan desprevenidos.

No solo eso, el relleno entrega uno de los mensajes más poderosos: no pelees contra aquello que odias. Pelea por salvar aquello que amas. Este Episodio VIII, aún estando lejos de los trabajos más consistentes de Rian Johnson, y por eso existían grandes expectativas, entrega el suficiente amor como para olvidarse de lo que no gustó de la primera película bajo el dominio Disney. Eso ya es una victoria, no la gran victoria, pero una al fin y al cabo.

Publicado en Mouse

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