Existen ocasiones en que estoy dispuesto a inmolarme viendo películas malas, para que los seguidores de este maléfico sitio no tengan que sufrir con el costo de alguna entrada. Lamentablemente, y aquí viene el aviso, creo que esta vez superé el límite. Pero antes de entrar en vomitiva materia, esta reseña juega con varios supuestos. Supongo que todo macho pelo en pecho que asistirá a alguna función de The Twilight Saga: New Moon (o simplemente Luna Nueva), y que sigue constantemente este maléfico sitio, irá obligado y/o amenazado a que le cortarán el agua. Nuestros queridos macabeos, a quienes dedicaré esta revisión para prepararlos para lo que será su sufrimiento. Es de suponer además que entenderán que esta reseña no es contra el fanatismo femenino o el gusto que genera la lectura las novelas. Y es que puede que esto sea, desde antes de su estreno, un éxito garantizado por la lealtad de sus cegadas psycho-fans, pero las razones tras esta insípida propuesta del peliculoide las tengo claras.

La locura generada responde a aquellas experiencias que de vez en vez son generadas en nuestra querida cultura pop. Es un suceso que responde a lo que más de alguno ha confrontado, por ejemplo, con los grupos de laboratorio. Aquí la calidad no importa, el gocé juvenil aspiracional lo es todo, en una película estructurada y pensada para sacar el jugo a la idea de entregar a sus fans lo que están buscando. Es decir, el remezón de las hormonas a través de la distorsión extrema de la búsqueda del príncipe azul. Todas quieren uno para llevárselo a la casa. No más, mucho menos.

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Es también producto de la revolución del estrógeno que explota en la oscuridad, a base de suspiros y chillidos, centrando la mirada en el look de los pálidos vampiros y los hombres lobo torso desnudo, dejando en último plano la triste, aburrida  e insípida ejecución del producto final. Es, tal como la primera película, algo sólo para l@s fans que no están ni ahí si la película es una completa bosta y quieren un traspaso literal del libro. Las mismas que encontrarán que todo es genial y que juegan con argumentos defensivos en torno a aquél conocido «tienen que leer el libro». Algo que ciertamente vale hongo pues, como toda adaptación, el producto final no depende del éxito del traspaso letra a letra. El logro existe cuando se da un salto coherente al nuevo medio, es decir: la pantalla grande. El resto, maní.

Existen muchos tipos de fans. Están aquellos disconformes que alegan hasta por el mínimo cambio y ponen el grito en el cielo porque Bumblebee es un Camaro. También están quienes defienden algo sólo por el nombre y cualquier tipo de crítica es una ofensa contra su fe. Todo esto, más que para atacar a las seguidoras, es recuperado para entender el juego que se traza durante toda la realización, pues cada secuencia está pensada simplemente para dejar conforme a quienes disfrutan de la pluma conservadora de Stephanie Meyer.

El guión es somnífero. Si las fans creen que es un buen traspaso, siento lástima por lo que pueden llegar a ser realmente las novelas. Básicamente este presenta un esquema que atrapa el tormento juvenil que recurre a un lugar común de teleserie para hablar del amor. Aquél en el que es mejor alejarse que causar daño alguno, en puro blablá de intento de tragedia sin sustancia y de mensajes depresivos. Además está plagado de diálogos malos, sin sentido y que por momentos bordean la estupidez, aunque uno que otra funciona en ese esquema, en una situación que atraviesa transversalmente el tono de la realización.  Todo está esquematizado para sacar suspiros, en secuencias creadas para lograr el chillido colérico que no le cuestionada nada a aquellos personajes acartonados en sus emociones.

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Ni que hablar de las horribles actuaciones, una más de las masivas fallas épicas. Robert Pattison es una perfecta maqueta sin expresiones en una entrega de diálogos de nivel colegial, mientras Kristen Stewart se lleva todos los honores en la competencia de las malas actuaciones y no mueve más que una ceja, al borde de la constipación menstrual. La trama además puede ser definida esquemáticamente: comadre alienada quiere entrar al club de pseudo chupasangres relucientes y vegetarianos para vivir eternamente en amor, pero compadre teme que esto la condene y se aleja abriendo la puerta emo melancólica depresiva sin sentido. Esto da pie para la tentación e indecisión amorosa, presentada a través de Jacob: un personaje sin mayor profundidad que sólo saca adelante la tarea gracias a que está fuera de la melancolía depresiva. No obstante, tampoco se salva del triangulo amoroso desabrido y sin química del que forma parte. El resto, como todo lo que está en el argumento, es un gran relleno de interacciones ejecutadas de forma insípida a través de un personaje femenino que sólo encuentra la felicidad a través de patológicas obsesiones.

Ahí está por ejemplo la mal entendida búsqueda de “emociones extremas”. Como el pseudo vampiro titilador se alejó, Bella (Stewart) se queda dormida en el bosque a pito de nada. Tras meses, ella se percata que a través de actos de «extremo riesgo» puede ver la esencia de Edward, en una pseudo aparición Obi-wanesca que atenta contra el límite de lo que puede soportar las gónadas masculinas sin explotar en rabia destructiva contra la pantalla. Lo chistoso además es que, en medio del conservador punto de vista, cada secuencia es más para la chacota que otra cosa. Que vengan a imponer la velocidad de una motocicleta como la última chupada del mate, es muestra de la extrema ingenuidad que debe existir a la hora de aceptar el argumento sin mayor reparo. Y esa es culpa del director Chris Weitz (American Pie, The Golden Compass), que no imprime ritmo a las secuencias y aletarga entre la constante galería de abdominales a una película en extremo tediosa y soporífera cortesía de un metraje que se extiende por sobre los 130 minutos.

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Si desde la primera película las sábanas blancas inmaculadas y la ausencia de colmillos, sangre y tensión erótica eran un signo del estilo de adaptación conservador, el recurso de utilizar el mito de los vampiros y hombres lobo aquí queda reducido a la simple anécdota de reinterpretación inofensiva, con un melodrama burdo que entre tristes actuaciones y diálogos para el olvido, cae demasiadas veces en el campo de lo ridículo y la incoherencia narrativa. Quizás, en comparación con la anterior, esta nueva entrega tiene mejoras visuales y el maquillaje ya no apesta tanto. Pero estos elementos están lejos de ser un verdadero logro a rescatar. Menos un argumento para salvar de la estaca en el corazón que se merecen los realizadores, todo lo contrario.

The Twilight Saga: New Moon no tiene sustancia, es inexpresiva, pálida, tediosa y eterna. Tomársela en serio representa un verdadero daño neuronal. Su mayor logro es que sabe a lo que va: dejar contento a su público cegado por el brillo de su fanatismo y que perdonarán/defenderán las ventas de romanticismo conservador sin alma. Ese es su gran éxito y para ellas es el más emotivo de los epic win. Lamentablemente, ese es un espejismo. Quizás la guinda de la torta está en el hecho que entre tanta secuencia pro griterío, no exista clímax y quede la impresión que nada pasa. El desenlace es el mejor ejemplo del tedio extremo y fan-service de esta secuela marcada por la anemia de ideas que, pese a las mejores visuales, llega a ser peor que la primera  y además se transforma literalmente en un verdadero atentado conservador del frente patriótico de los chillidos.

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5 Epic Win/ 4.5 Win / 4 Buena / 3.5 A la segura / 3. Aceptable
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