En corto, Coraline es una gran película que sin caer en la moralina usual de las películas aleccionadoras infantiles, sí logra presentar una historia con un claro punto de vista, en medio de un paquete tétrico como pocas veces se puede ver en este tipo de películas. Y no le estoy poniendo mucho color, esta joya del stop-motion nos recuerda que la animación digital, ya que generalmente se olvida con tanto bombardeo, no lo es todo. En un medio plagado de productos con saturantes animalitos parlantes, Coraline presenta una historia fresca y atractiva, basada a partir de la novela de Neil Gaiman.

Henry Selick, el verdadero director de El Extraño Mundo de Jack, es el responsable de esta refrescante muestra de creatividad, de verdadera pasión por el relato que, a pesar de que parte lento y se alarga un poco en su metraje, es totalmente satisfactoria gracias a las diferentes tonalidades aquí presentes. A pesar de los mencionados tonos oscuros que dominan, en Coraline también existe espacio para adentrarse en la cotidaneidad ahogante, alejándola de lo que podría encasillar la película en márgenes previsibles. Asimismo, en cada secuencia dice presente la visión autoral, desenredando el tejemaneje de una verdadera telaraña de inquietudes en las secuencias que se entrelazan una tras otra.

De este modo, nos adentramos en la historia de Coraline Jones, una joven que se cambia de hogar, alejándose de la vida que le acomodaba con sus amigos y cayendo en una especie de tortuoso día a día con sus padres que se preocupan más del trabajo, que de ella. Pobre. Para peor, la casa está plagada de habitantes extraños, o de lleno dementes, quienes la acompañan mientras sus padres la ignoran. ‘De la nada’ Coraline encuentra una misteriosa puerta que la lleva directo hacía un mundo alterno de felicidad, en donde sus padres son todo lo que ella quiere, salvo por que sus ojos son botones. Como más de alguien sabrá, en especial cuando compete a mundos de fantasía que atraen a los niños, las apariencias engañan. Afírmense.

La historia de Coraline tiene las suficientes aristas para entretener sin caer en la tontería, y de lleno rito a la bobería, que domina al cine infantil actual. Los giros de la trama, y los cambios de tono entre las realidades presentadas,  invitan a despertar del aletargamiento de la rutina. Mientras el logrado aspecto visual destaca gracias a la detallada presentación de cada elemento de la composición, el ritmo de la película siempre va creciendo, aunque no por ello abruma. En definitiva, es esa habilidad de cuentacuentos de Selick la que logra mediar las diferentes capas de la historia, transformándola en una experiencia con varias interpretaciones de la relación padre-hijo, inconformidad-rutina, sueños-deseos.

Si bien Coraline está plagada de situaciones bizarras, momentos tétricos, aderezadas con bastante tensión, la película representa la ocasión ideal para desahueonar a los más chicos. Padres, hermanos caritativos, corten la típica basura de animalitos chistosillos, dinosaurios morados y toda esa payasada. Aquí encontrarán personajes atractivos, de múltiples interpretaciones, en medio de un ambiente creativo obsesivo en los detalles y una locación excepcional. No importa la edad, esto vale sobre todo porque se aleja de la clásica concepción de cine infantil creado para pasar el rato, sin hacer pensar, en búsqueda de la sonrisita. Apliquen con el pozo más oscuro para esas películas y disfruten Coraline.

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