Recurriendo a un estilo visual  sucio y documental, Steven Soderbergh se va directo a presentar la usual mirada de idealización, bastante mitificadora, que caracteriza las visiones en torno al Che Guevara. Si bien en general el estilo de la película hace  medianamente llevadera una historia vista a pinceladas, mezclando los sucesos político-discursivos relacionados con su presentación en la ONU con el día a día de la batalla en la selva y sierra maestra para instaurar lo que será la revolución cubana, la visión que presentan del Che es demasiado perfecta, sin errores, fría, de blancos y negros, sin mayores puntos intermedios.

Su profundización se enfoca majaderamente en la filosofía libertaria que hace hincapié en las medidas revolucionarias armadas, pero sin entrar en detalles en las razones que hacen necesario desbancar a un gobierno. Uno sabe que están peleando, pero no el porqué. Aunque existe una visión documental en su enfrentamiento contra el resto de posturas latinoamericanas en la ONU, todo queda sobrepasado por la reconstrucción de una imagen, un icono. Quizás eso se debe a que el guión utiliza las memorias del Che para construir el discurso, es una mirada demasiado oficialista.

En ese sentido, si existe algo a destacar son las carácterizaciones de los personajes. Benicio del Toro está perfecto en el rol de un racional Ché que posee un discurso revolucionario constante, de patria o muerte. Lo suyo es presentar a una figura medida y sin excesos, mientras que todo el drama que genera está caracterizado en el resto de personajes que sirven para elevarlo a un altar. Quizás la mejor muestra de su utopía revolucionaria queda reflejada en una secuencia en la que le pide a Fidel que, tras ganar en Cuba, iniciarán una revolución en el resto de latinoamérica. Su “locura” queda manifiesta en esos breves momentos en los que no está portando su uniforme. Cada vez que aparece cargando su traje de superhéroe de la revolución, se transforma en un icono, un estandarte amado y querido por el pueblo.

Las secuencias relacionadas con su histórico discurso en la ONU, en un politizado blanco y negro, contrasta con la presentación idílica de los sucesos de la batalla por la revolución. A pesar que existe una metódica sucesión de reclutamiento, castigo y entrenamiento, cuando la película logra un ritmo atrayente, en el momento en que la revolución se gana cuadra a cuadra en la misma ciudad, todo termina donde todo comenzó.

De hecho, la secuencia final representa la mirada mitificante de esta apuesta: el Che pensaba 24/7 en su revolución sin cometer otro error alguno, sin aceptar que otros lo hiciesen, era el revolucionario perfecto. Y para personajes perfectos, creo yo, uno se prepara para las películas de semana santa. Si uno no tiene problemas en ello, quizás rescatará los puntos más altos de esta presentación de Soderbergh: la planificación militar de esta realización.

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