La primera película de Borat fue un documental falso con elementos no ficticios que no le rendía cuentas a nadie para concretar una critica social hacia Estados Unidos. Aquello lo concretó abrazando el mal gusto para ofender, y así poner sobre el tapete a lo irrisorio de las situaciones del día a día en la principal potencia mundial, en una dinámica que empujó los límites de la comedia. Fue como un rayo atrapado dentro de una botella.

Como tal, ante las dudas que surgieron en los siguientes años sobre un posible regreso, era fácil apostar que su propuesta de capturar escandalosos e irrisorios momentos no guionizados era irrepetible. Es decir, Sacha Baron Cohen ya es una estrella reconocida a nivel mundial y no puede pasar desapercibido al caracterizarse del ficticio periodista de Kazajistán. Pero esa apuesta estaba equivocada, ya que la secuela logra precisamente lo imposible.

De forma brillante, en Borat 2 logran generar momentos dementes y esclarecedores al servicio de un discurso aún más cristalino sobre el fondo que hay en el fango. Inclusive hace algo no menor al transformar a su dinámica cinematográfica en noticia, que es justamente lo que está sucediendo con la reveladora secuencia que involucra al abogado personal de Donald Trump y exalcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani.

Oficialmente conocida como ‘Borat, siguiente película documental’ en la plataforma de Amazon, esta secuela logra su milagro al centrar todos sus esfuerzos en apuntar directamente contra la republicana administración de “McDonald” Trump y sacar a la luz lo peor de su séquito más fiel: la derecha alternativa, los pro-armas, negacionistas, supremacistas y conspiracionistas. La creme de la creme.

El retorno de Borat, generado justo en la antesala de las próximas elecciones de Estados Unidos, es de este modo una elaborada sátira que no se restringe en ningún momento a la hora de confrontar a los discursos más despreciables tras el gobierno de Trump y sus seguidores más férreos.

Sin entrar en mayores detalles sobre su historia, ya que esta es una película que realmente hay que ver para creer, Borat 2 nos presenta cómo Kazajistán se transformó en el hazmerreír del mundo por culpa de las acciones del propio periodista en la primera película. Despojado de todo, incluida su profesión, familia y pertenencias, Borat fue humillado públicamente y sentenciado a trabajos forzados en un gulag por más de una década.

Pero su vida cambia gracias al ascenso de Trump. A fines de 2019, el presidente de Kazajistán le da una misión al periodista: entregar un regalo al gobierno de Estados Unidos para que pueda ser parte del club de amigos que también incluye a Putin, Kim Jong-un, Bolsonario y Kenneth West.

Borat inicia así un viaje más inculto, patriarcal e involucionado, siguiendo las costumbres milenarias que abraza con orgullo, pero está claro que los tiempos cambiaron para peor. Como ahora su shock ya es canon en los tiempos de un presidente como Trump, los realizadores decidieron usar a esta historia como un espejo de un absurdo. Uno que tienen claro que ya no puede seguir.

Por eso la secuela concreta un llamativo viaje que poco a poco va abrazando un cambio deconstructivo solo posible gracias al amor de un padre y el acontecer de la era del #MeToo. Tomando como eje la polémica que rodea al Presidente “Pussygraber”, e intercalando en el camino secuencias animadas sobre la historia de la “princesa Melania”, esta secuela da pie a la inclusión de la otra arma secreta de esta película: la hija de Borat, llamada Tutar Sagdiyev, interpretada por una brillante Maria Bakalova.

A lo largo de poco más de 90 minutos, y a raíz de diversas vicisitudes, la misión de Borat cambia una y otra vez. Primero debe llevar a un mono, que es el ministro de Cultura y una estrella porno, al vicepresidente Mike Pence. Luego la acción involucra regalar a esta niña de 15 años, que sueña con ser como la princesa y encontrar un marido que le de sustento. En el intertanto hay guiños a la figura de Jeffrey Epstein, el encierro de menores en jaulas, las teorías de QAnon y el propio antisemitismo de Borat, usada como arma de doble filo por Baron Cohen. Todo eso crea una gran torta servida en bandeja en contra de Trump.

Volviendo al comienzo, su milagro nos lleva de regreso al intercalado de las secuencias guionizadas que empujan a la historia con los increíbles sucesos reales que pudieron capturar en mitines de la alt-right, la actual campaña presidencial y lo que se ha llevado a cabo durante la pandemia de coronavirus. De ahí que su gran gracia es llevarnos de regreso a esa nebulosa presente en la película original, ya que no es tan fácil diferenciar entre lo escrito de forma predeterminada con lo infamemente real de este documental falso plagado de conspiranoicos y viejos cerdos.

En definitiva, si bien Borat 2 carece de una secuencia tan demente como aquella pelea al desnudo en el hotel de la primera parte, rápidamente queda claro que sus realizadores no tienen la intención de repetir esa clase de absurdo. Es más, su unión a la actualidad estadounidense provoca que uno se lleve las manos a la cabeza constantemente. Uno no puede creer la sucesión de cosas que aquí se llevan a cabo.

Lo mejor de todo es que la propuesta de esta secuela queda tan bien entrelazada en sus minutos finales, especialmente en relación al coronavirus y la campaña presidencial, que el genio de Sacha Baron Cohen termina elevándose aún más que en el pasado. El artista tiene la película tan clara, que Borat 2 va más allá de la mera propaganda. Es un discurso muy humano que cambia para aprobar una sola idea: basta, llegó la hora de votar.

Publicado en Mouse

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