Extraño el cine. Extraño la sensación de satisfacción que solo se obtiene saliendo desde la oscuridad de una sala tras presenciar una buena película. Y dicho sentimiento solo se está reforzando al ver películas que originalmente estaban contempladas para el cine, pero que están llegando directamente a las plataformas de streaming debido a la contingencia del COVID-19.

Ese es el caso de “El Juicio de los 7 de Chicago”, la nueva realización escrita y dirigida por Alan Sorkin, ganador del Oscar por escribir “Red Social”. Se trata de una producción que concreta su lanzamiento a través de Netflix, tiene un elenco de selección y que sin lugar a dudas es uno de los mejores estrenos del año, aún considerando que han sido muy pocos. De hecho, su lanzamiento es como un oasis en medio de un desierto árido y solo con vestigios de vida intermitente.

La pulsación cinematográfica con la que nos encontramos aquí se da a través de un ritmo endiablado,una llamativa recreación histórica y una puesta en escena que saca partido a las interpretaciones de su versátil elenco. Por eso, desde el primer minuto, queda claro que esta era una película para disfrutarse en cines.

Aquello no quiere decir que no se pueda disfrutar a concho a esta película, pues es un gozo toparse con una producción de este tipo ante la sequía generada por la paralización casi total de la industria en los últimos meses. Pero también tengo que destacar que estoy seguro que la habría disfrutado aún más al interior de una sala.

Mal que mal, la experiencia cinematográfica nunca podrá ser replicada en el hogar, por muy grande que sea la pantalla que tengas a disposición.

Sorkin recrea un hecho muy particular – el juicio a los “7 de Chicago” tras organizar las protestas contra la Guerra de Vietnam en el marco de la convención demócrata de 1968 – jugando en el camino con los tiempos del relato, intercalando los disensos que se van generando, especialmente entre los propios inculpados, y abordando temas como el derecho de protesta, el accionar de los poderes fácticos para oprimir a la disidencia, los infiltrados, las divisiones al interior de los movimientos sociales, los prejuicios sociopolíticos y los problemas raciales.

Ante esa amalgama, “El Juicio de los 7 de Chicago” también es muy contemporánea. Aunque aborda sucesos de hace más de cuarenta años, establece situaciones que se sienten particularmente ad-hoc para nuestros tiempos, no solo para lo que ha sucedido en Estados Unidos durante la administración Trump, y el debate sobre las libertades constitucionales, sino que también en otras latitudes, obviamente incluyendo a lo que ha sucedido en Chile desde octubre de 2019.

Otro punto notable es que esta película devuelve a Aaron Sorkin a un entorno de dramas legales, en donde consiguió gran éxito al ser el guionista de Cuestión de Honor (A Few Good Men), lo que saca partido a su manejo de personajes conversadores y a la lucha de palabras que se da al interior de un juzgado.

En este último caso tenemos a un juez sesgado llamado Julius Hoffman, interpretado por el gran Frank Langella (Frost/Nixon), quien se confronta constantemente con los acusados, incluido a uno de los fundadores de los Panteras Negras, Bobby Seale (Yahya Abdul-Mateen II, Watchmen). Este último es uno de los acusados y no tuvo nada que ver con los disturbios, pero representa algo que debe ser encarcelado, por lo que se le niega su petición de posponer el juicio, tampoco se le permite representarse a si mismo e incluso puede llegar a ser silenciado a la fuerza para que respete al tribunal.

A ellos se suman unos sólidos Sacha Baron Cohen y Jeremy Strong, quienes interpretan a Abbie Hoffman y Jerry Rubin, líderes del movimiento Yipie; Eddie Redmayne como Tom Hayden, líder de una organización estudiantil, y Mark Rylance como el abogado de los acusados, William Kunstler. En el otro lado está Richard Shultz (Joseph Gordon-Levitt), un fiscal que sigue las ordenes del fiscal general de Nixon, John Mitchell (John Doman), quien impulsa el juicio para enviar un mensaje político a los opositores del gobierno.

En el camino se establecen autoridades que toman determinaciones jurídicamente cuestionables, manifestantes jóvenes que se oponen a las políticas del statu-quo y, finalmente, una fuerza policíaca que no tiene problemas en sacarse las placas para golpear en las calles.

Todo eso impulsa al relato de una película que juega con los tiempos, ya que vuelve constantemente al pasado para abordar lo que sucedió durante las protestas, y que gana fuerza debido a que Sorkin maneja muy bien el ritmo y sus personajes son muy, muy carismáticos. Al mismo tiempo, tampoco olvidan el motor anti-guerra que atraviesa a toda la historia.

A fin de cuentas, El Juicio de los 7 de Chicago” habla del ayer, del conflicto de las muertes de jóvenes en una guerra espuria, y de cómo se buscó mover la atención con un festival mediático. También habla del ahora y de cómo la principal fuerza de disensión es un canto de batalla muy claro: Todo el mundo está mirando. Ese es el principal temor del establishment.

Puesto sobre la mesa, lo que queda es una obra cinematográfica que habla directamente contra la persecución de las ideas y cómo siempre existirán aquellos que buscará restringirlas poniendo a la violencia como principal argumento, olvidando la propia violencia que impulsan.

Ante ello, el manejo de Sorkin inevitablemente lleva a terminar levantando el puño en el clímax, lo que debe ser una de las cosas más cinematográficas vistas en un año con tan poco cine. Bienvenido sea.

El Juicio de los 7 de Chicago se estrena en Netflix este 16 de octubre.

Publicado en Mouse

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