Desde que James Cameron dejó de trabajar en la saga de Terminator, todo fue cuesta abajo en la historia de la rebelión de las máquinas y las cacería de los robots asesinos del futuro. Gran parte de ello se debió al intento por jugar con las mismas reglas, en donde no hubo espacio para aportar a la franquicia.

Algunas cosas resultaron, como el final apocalíptico de Terminator 3, pero la mayor parte de los elementos se fueron por el barranco, como bien lo ejemplifica todo lo que implicó a la suerte de remake/reinicio de Terminator Génesis, que equivocó el camino al intentar crear algo nuevo para simplemente quedar en las mismas.

Por eso las expectativas con Terminator: Dark Fate, conocida en Latinoamérica como Terminator: Destino Oculto​, prácticamente no podían existir. Ni con la fuerza de la nostalgia que comenzó a surgir con los anuncios de su casting. Tenían la cuesta arriba debido a las propias decisiones de los dueños de los derechos durante las últimas dos décadas.

Sin embargo, y en sus primeros minutos de metraje, esta película envía al diablo todo el legado del original, sacando de la ecuación a John Connor en una escena con los mejores efectos de rejuvenecimiento digital de la historia, para dejar en claro que quieren jugársela por crear algo nuevo dentro de la fórmula recurrente, ya sea en el escape de una máquina implacable con elementos de película slasher o la misión de cambiar un futuro aterrador.

El resultado es una película mucho más cercana al espíritu de las originales y que, pese a que de todas formas está abajo en la escalera, está varios escalones por sobre las otras tres secuelas posteriores a Terminator 2: Judgment Day. De hecho, olvidándose de todo lo planteado por las últimas tres películas, Terminator: Dark Fate escudriña en qué es lo que sucedió luego de que Sarah Connor, su hijo y el T-800 lograron cambiar el futuro y la respuesta a la que se llega es simplemente desoladora.

Es ahí en donde entra a jugar el regreso de Linda Hamilton a su rol icónico, y no en menor medida el de Arnold Schwarzenegger, pero cambiando las directrices que salen del terreno de los paralelos con la Virgen María, la figura mesiánica de John y el propio rol de una máquina que quedó sin nuevos objetivos tras lograr lo que ningún otro T-800 había logrado en el pasado.

Este Destino Oculto reafirma que el futuro puede cambiarse, pero la humanidad está destinada a condenarse a si misma, ya que no avanza de la mano de aquellas palabras de Sarah Connor que cerraron Terminator 2. Si ella nos plantaba que “si una máquina, un Terminator, puede aprender el valor de la vida humana, quizás nosotros también podamos”, esta secuela responde de vuelta que probablemente nunca lo aprenderemos.

El nuevo futuro, según lo que establece esta película, es forjado por una inteligencia artificial llamada Legión que primero corta el suministro eléctrico y luego da pie a que la humanidad se extinga a si misma primero por un colapso atómico, luego por la hambruna y luego por las peleas por sobrevivir. Una vez que solo quedan las migajas, entra a actuar con sus máquinas para eliminar a las últimas personas. Pero obviamente en la noche más oscura surge una nueva figura que da esperanza.

Ese remedo del original, sin embargo, no es un calco exacto y esta producción dirigida por Tim Miller (Deadpool), con una historia base hecha por cinco personas – incluido James Cameron – se las ingenia para confrontar las expectativas, dar una vuelca de tuerca a los elementos base y proponer una nueva ruta, aunque el paisaje alrededor sea demasiado familiar.

De hecho, en el camino existen cosas muy similares, mientras Legion es simplemente un Skynet 2, el nuevo Terminator llamado Rev-9 es básicamente la fusión de las ideas del endoquesleto de Terminator y el cristal líquido de Terminator 2, pasado por el filtro de la TX de Terminator 3. En muchas ocasiones el Rev-9 ataca como el T-1000, pero al menos en el proceso crean nuevas formas de ataque, ya que esta nueva amenaza puede separarse para atacar por partida doble. Al mismo tiempo, es tan desconectado de toda humanidad, que es una especie de psicópata con la capacidad de controlar drones, cámaras y expandir su alcance de formas llamativas. Por eso las nuevas ideas resultan, inclusive cuando uno cree que la película está peligrosamente acercándose al mal camino de las anteriores.

El trabajo de Linda Hamilton sostiene gran parte de la película al retornar con una Sarah Connor desesperanzada y volcada a su misión de destruir Terminators, mientras que Arnold Schwarzenegger está más chocho que nunca, redimiéndose de lo que fue su participación en Terminator: Génesis. Mientras vemos a una Sarah Connor que se instala como una evolución natural del personaje, aquí el viejo Arnold reinventa al T-800 haciéndolo más humano que nunca, aunque su programación siempre deja en claro que tampoco lo es del todo.

Pero ellos no son los protagonistas de esta historia, ya que ahí entra a jugar el rol de Natalia Reyes, quien da vida a Dani Ramos, una mujer mexicana que está en la mira del Rev-9 por causas que solo se explican en el final, mientras que Mackenzie Davis lleva el mayor peso de todo interpretando a Grace, una soldado mejorada genéticamente del futuro que tiene la misión de proteger a Dani. El por qué de su misión, la dinámica que hay en su rol de protectora y la forma que eso contrasta con lo que cree Sarah, ya que esta cree que siguen corriendo las mismas reglas del juego, son algunos de los elementos que hacen funcionar a esta película y que estaban ausentes en Terminator: Salvation y Terminator: Génesis.

Terminator: Dark Fate probablemente tendrá el mismo destino de las otras secuelas, ya que todos deberían tener en claro que las únicas películas memorables de la saga son aquellas que dirigió James Cameron, pues son las que crearon cosas nuevas, fueron innovadoras y no jugaron con las reglas habituales de la industria. Pero al menos en este secuela hay un arsenal en el que existe mucho más para rescatar de lo que venía siendo la norma de las películas que tienen la palabra Terminator en su título, especialmente en lo que concierne al trabajo de acción que dirige Tim Miller, quien logra sacar debajo de la manga a un par de secuencias de acción bastante llamativas en su último tercio.

Esta es una producción que tiene claro qué es lo que quiere ver un fan de la saga, pero también prefiere entregárselo por otra ruta. Y ese es un valor raro en una industria de reimekuelas, en donde todo se busca reiniciar, rehacer y “secuelizar” agarrándose de los cimientos de la nostalgia.

Publicado en Mouse

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