Dark Phoenix no es ni de cerca la peor película de los X-Men realizada por 20th Century Fox. Inclusive, con toda la timorata postura que la impulsa a la hora de adaptar a la clásica historia que le da título, funciona mejor de forma más cohesionada que X-Men: The Last Stand. Su mayor problema, sin embargo, apunta precisamente a lo pequeña que se siente, como un suspiro indigno de ser el fin de toda una era para esta saga que nos entregó dos películas – X2 y Logan – que perfectamente podrían estar en el top ten superheroico en el cine.

Dark Phoenix se siente tan contenida, tan mínima en el gran esquema, que inevitablemente sale a la luz su falta de carisma. Por mucho odio que siempre generase, The Last Stand contaba con un Wolverine dándolo todo a la hora de ponerse toda la película sobre sus hombres. Aquí nadie está en esa parada.

Por el contrario, la última película del equipo mutante bajo el amparo de Fox tiene a actores que parecen listos para tirar la toalla, especialmente en lo que concierne a Jennifer Lawrence. Sus pocos destellos, generalmente asociados al Magneto interpretado por Michael Fassbender, no son suficientes y dan pie a que su propuesta inevitablemente quede en el olvido, como una nueva señal de que todo debió concluir en Días del Futuro Pasado.

La historia de esta Dark Phoenix se sitúa bastante tiempo después de los sucesos vistos en Apocalypse, con unos X-Men siendo celebrados por la humanidad y actuando como un equipo que cuenta con una línea directa con el Presidente de Estados Unidos. Atrás están los días de exclusión de la sociedad y, también, lo que dejó la película anterior en relación a Jean Grey. Aquí prefieren olvidarse de que aquella película ya tanteó que la mutante tenía un poder oculto en su interior.

Por el contrario, e inspirándose de forma somera en las bases de la clása saga de los cómics, el equipo mutante recibe una misión para salvar a un grupo de astronautas que quedaron a la derivada tras despegar de la Tierra. Sin mayores opciones, Charles Xavier (James McAvoy) ordena que los héroes actúen ante el pedido de ayuda proveniente desde la Casa Blanca, lo que es recibido de mala forma por una Mystique (Jennifer Lawrence) que cree que no están preparados para una misión de ese tipo y, como mutantes, tampoco debiesen ponerse en tanto riesgo solo por una jugada publicitaria.

Dicho dilema, que marca una parte del conflicto que a futuro dividirá inevitablemente a los X-Men, da pie a una secuencia de acción en donde los mutantes ejecutan el rescate casi a la perfección. Pero en el medio surge la amenaza de una fuerza cósmica de origen desconocido que es absorbida por Jean Grey. A partir de ahí, y todos los que conozcan la historia del Fénix lo pueden anticipar, un poder superior comienza a ser desatado por la mutante, que pone en jaque al nuevo estatus del homo superior.

A partir de ahí, la película cae en el letargo esquemático de una historia que carece de sorpresas y que avanza por una ruta demasiado predecible. Jean Grey comienza a perder control sobre este nuevo poder y causa una tragedia personal para los X-Men, que el marketing de esta película no ocultó antes del estreno, mientras un grupo de extraterrestres entra en acción, ya que desean controlar dicho poder.

El resto va de un punto A a un punto B parcamente, en donde inevitablemente nos presentan a un Magneto que ahora vive en una armoniosa isla llena de mutantes, en una muy pobre versión de la Genosha de los cómics. Pero de eso no hay mucho, ya que rápidamente Jean Grey llega buscando un nuevo lugar, a pesar de que simplemente ya no espacio para ella en este mundo. Luego hay más problemas en el camino, con el mutante del magnetismo siendo testigo del gigantesco poder que alberga esta nueva amenaza, al tiempo que los X-Men se dividen entre lo que deben hacer, ya sea para ayudar o de plano detener a Jean.

Sin dar mucho espacio, Dark Phoenix se vuelve una sucesión de discusiones poco atractivas, que solo dan rienda suelta a la acción en su último tramo, con un Magneto que actúa sin restringirse. Eso es lo más rescatable de su propuesta. Pero más allá de lo que sucede arriba de un tren, hay muchas cosas que no cuajan y continuamente esta película da falsas ilusiones. Por ejemplo, aparentemente hacen algo con personajes como Storm y Cyclops, pero lo cierto es que no hacen mucho que valga la pena.

Lo que a la larga queda con Dark Phoenix es una propuesta que se siente pequeña, es timorata pese a ser la segunda ocasión en que su director adapta la misma historia (fue guionista de The Last Stand) y nunca se la juega por ser la película definitiva de los X-Men. Falta más acción cósmica, abrazar al Fénix Oscuro y liberar al personaje que está al centro de su historia. Ese es quizás su mayor deuda.

En vez de un gran big bang mutante, lo que queda es un susurro que no mete ruido, no genera consecuencias atractivas y deja otra vez más en evidencia el sin sentido de intentar conectar con una línea de tiempo coherente para todas estas historias. Por eso toda esta producción queda en deuda, pues da espacio a que más de alguien piense que esto perfectamente podría no haber existido.

Ese es el problema mayor. Dark Phoenix se instala finalmente como una película innecesaria, que no se justifica el adaptar por segunda vez la historia del Fénix y es un cierre que no es digno de concluir a esta saga, que en su primera película hace casi 20 años nos habló que la mutación es la clave de nuestra evolución y que esta, cada cientos de milenios, da un salto hacia adelante. Aquí, en cambio, todo quedó estancado.

Publicado en Mouse.

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