Si existía un buen panorama para una celebración tan chilena como Halloween, ese era ir a darse la vuelta por el cine y disfrutar Drag Me To Hell (Arrástrame al Infierno). Y es que el director Sam Raimi vuelve a encarrilar su carrera tras años de saltos y peos con la franquicia de Spider-Man, para sacarse la telaraña y entrar al terreno que lo hizo conocido: su particular terror con tintes de comedia burda al estilo de su clásica trilogía de Evil Dead.
Eso lo hace sin copiarse a si mismo, ya que rescatando ese estilo de humor que tan bien maneja. A ello agrega sus habituales secuencias desagradables, como un baño de babas senil sin mandíbula postiza, tan maestro que se debe ver para creer, mezclando además secuencias de sustos de esos que generan ruidosos saltos.
Drag Me To Hell es entretención de excelente factura que nunca pierde su norte y sabe el objetivo que está cumpliendo, revelándonos con agrado que Sam Raimi regresó a lo que mejor sabe hacer.
La primera secuencia esboza, a los que no conocen la mano del director, el tono de esta apuesta. Una familia lleva a un niño que es atormentado durante días por las voces de un espíritu violento e invisible. Todo por cometer el idiota error de hurtar lo que no debía de los gitanos mala onda. En medio de la rápida sesión de espiritismo, el demonio irrumpe de forma invisible para hacer acto de presencia, con el fin de abofetear las humanas creencias. Se trizan paredes, personas vuelan por los aires y terminan arrastrando al infierno, textualmente con presentación del títul, a un alma.
Tras esto conocemos a Christine Brown (Alison Lohman), una agente de préstamos de un banco, que está en la encrucijada de surgir y ganar un puesto que está disponible. Pero como aparenta «buen corazón», no tiene la pasta que se necesita para tomar las decisiones difíciles que mandan a las personas al DICOM.
Así que cuando ve que el puesto de trabajo se aleja, se traza el objetivo de quedar bien ante el jefe sin importar ningún tipo de súplica. El problema es que justo le toca atender a la anciana señora Ganush (Lorna Raver), una gitana con problemas económicos en búsqueda de la ayuda que permita extender un pago para que no le quiten su casa.
La situación termina de forma desastrosa tras el rechazo, con ataque y todo, para finalizar con una maldición que castiga tamaña humillación con tres días de tortura que precederán a un retiro permanente en las fauces del averno. Y ante el infierno desatado, los motivos para encantarse con esta película sobran.
Raimi convoca los cojones que pocos directores de terror tienen en la actualidad, para sorprender y hacer lo que se le antoja combinando horror y comedia de forma satisfactoria, novedosa y divertida. Risas y saltos copulan para parir un gore de factura fresca que no cae en los trillados caminos del pornogore tan habituales en la actualidad.
Eso también permite que personajes e historia se fundan en los objetivos oscuros y siniestros que puedes buscar en el terror, sumergiendo a la protagonista en la más densa de las desesperaciones. La historia se desarrolla gratamente bajo la premisa agobiante de quemarse eternamente, mientras las esperanzas se diluyen para una protagonista que siempre saca la peor parte en las visitas demoníacas.
Lohman está muy bien, mientras los sucesos van psicopateándola a medida que se arma la constante duda de si todo lo que le sucede es verdad o es producto de la imaginación. La frustración de las mujeres, que deben competir en el mundo de machos alfa y gónadas testosteronadas, tampoco cae en discursos baratos y simplemente son un elemento que acerca al espectador a Christine.
Y aunque uno quiera que ella se salve, el verla sufrir cada vez de peor forma es lo suficientemente atractivo como para querer que esto no termine. Y lograr eso es maestro.
En medio de toda esa locura se encuentra Clay (Justin Long), el novio que se mantiene en la retaguardia lo suficiente como para permitir que se desarrolle el castigo a su mujer.
Aunque existe además un elenco de personajes secundarios bastante atractivo, con la señora Ganush llevándose los aplausos, lo que más destaca es la gloriosa ridiculización continua del jueg0 de Raimi. Fluidos, flemas, insectos, barro, féretros, putrefacción. Todo equilibrado, a pesar de la calificación cinematográfica que siempre corta a las apuestas de terror, para crear la atmósfera que debería generar envidia en las películas que abusan de los efectos visuales o, actualmente, cargan la mano en la tecnología de sacar cositas locas de la pantalla.
Las secuencias en Arrástrame al Infierno funcionan generalmente y cuando los efectos no están al nivel, son utilizados lo justo y necesario. Ese terror además va y viene, nunca finaliza en el momento que uno cree, con sombras y objetos en movimiento que arman escenas que hacen gozar el sufrimiento ajeno.
Y es eso lo que más vuela la mente en la película: la tensión en escalada que Raimi arma con elementos como la música y la cámara, tanteando siempre la línea entre realidad y alucinación del personaje principal, para mofarse de ella cuando uno cree que el momento se transformó en el típico lugar común de ruidos fuertes y sustos facilistas.
Esa alucinación, junto con algunas secuencias que vienen a pito de nada, crean la constante tesis de que uno está viendo la imaginación del personaje. Entrando al terreno de los spoilers, en un momento Christine ve una fotografía en la que está más rellenita, viviendo la vida loca de la grande, y del que nunca se explica el por qué.
Además, cada momento de terror está acompañado de la presencia previa de comida, lo que da a la posibilidad a que la paranoia bulímica, una tesis que existe en torno a la película, sea la verdadera causal de gran parte de las situaciones que vemos como espectadores. Es ese ambiente de constante duda, en el que uno nunca sabe dónde termina alucinación y comienza la verdadera presencia demoníaca, va armando la gran fortaleza de la película. Pero también es el mayor defecto, al solo tantear este apartado.
Ahora, más allá de algunos diálogos malos, que realmente da gusto es sentir que el director se divirtió con la realización de este proyecto. Arrástrame al Infierno no es sólo el regreso de Raimi a sus raíces, tras una serie de proyectos insatisfactorios, es además una cátedra al cine de terror actual del cómo armar atmósfera sin buscar reinventar nada que no se conozca.
Aunque vi la película hace casi dos meses, y recién se estrenó el jueves pasado en las salas de cine, Drag Me To Hell todavía sigue como una de las películas más entretenidas del año. ¿Y no es eso lo que uno generalmente busca al ir al cine?.
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